Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...
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lunes, 29 de mayo de 2017

Un viaje por Valdegeña, un mundo Aveliniano

Jueves 9 de abril, ese día fuimos a Valdegeña y quizá fue una de mis jornadas preferidas, digo quizá porque cuesta escoger entre las muchas y distintas vivencias que me llevo de este viaje. Escojo Valdegeña porque es en este pequeño pueblecito de escasos habitantes donde he vivido una experiencia que hasta el momento no había tenido la suerte de vivir. En este pueblecito, por unos minutos, por unas horas, me he convertido en los ojos, en los oídos y en el tacto de un escritor descubriendo lugares que Avelino Hernández introduce en sus novelas, muchos de los cuales son la base de su inspiración.
Si como he dicho antes Avelino nutre sus novelas con distintos escenarios y recuerdos atados a su pueblo natal. Un buen ejemplo lo encontramos justo al entrar en el pueblo. En uno de los primeros hogares vivía un hombre que lanzaba su boina al suelo y gritaba con rabia cada vez que se enojaba. Este hecho dio lugar al cuento de: La Boina Asesina del Contador de Cuentos. Otro ejemplo es la escuela, una escuela que sale en Mientras cenan con nosotros los amigos, en donde la Pobre Veneranda traía cada día agua fresca de la fuente para los niños, pues no tenía nada más que lo poco que conseguida haciendo de espigadora. También se conserva la casa de Isabelita la bandolera, quien daba refugio a los bandoleros cada noche cuando venían al pueblo.

Otro lugar digno de las novelas de Avelino es la Iglesia de San Lorenzo. Subiendo cuesta arriba, cuando llegas a la última hilera de casas, empiezan los 62 peldaños de una ancha escalera. Una escalinata de piedra que nos deja a la altura perfecta para ver Valdegeña debajo y al frente el paisaje soriano allanado que se rompe por la grandeza y desnivel del Moncayo detrás de la Sierra del Madero. Siguiendo el camino encontramos a mano derecha la bonita Iglesia de San Lorenzo, a mano izquierda el camposanto. Un cementerio donde yacen los padres del autor en una simple tumba cavada en la tierra; una tumba sencilla, sin lápida encima. Y es que para Avelino Hernández, la muerte era esto: "acabar, morir, sembrar, rebrotar, crecer, dar fruto". Y es quizás cuándo enterramos a alguien le devolvemos a la tierra lo que es suyo. En la tierra naces y en la tierra mueres, a quién te da la vida se la devuelves, quién te hace rebrotar es quién te acoge una vez marchita; todo para volver a empezar de nuevo.La iglesia de San Lorenzo, por otro lado, es un lugar mágico por su arquitectura románica y por la espiritualidad que se respira dentro del templo.

Pero si tenemos que destacar un momento mágico por su emotividad, éste es, cuando oímos de nuevo duda la historia del hermano cuarto en la casa familiar de Avelino. Una historia homenaje a  su hermano Ricardo que, tras cobrar su primer sueldo, invitó a vermut con sifón y aceitunas a sus compañeros, y con lo que le quedaba compró dos relojes con rubíes en los ejes, de los que anunciaban en la radio: uno para su padre y otro para su hermano pequeño, Cesar Cayo en la novela, Avelino en la realidad.  El momento en que Alexandra leyó esta historia al lado del protagonista de la misma, el Ricardo real, fue sin duda un momento indescriptible, uno de los que me llevo para siempre de este viaje.


Arnau Rovira Veciana 

viernes, 17 de abril de 2015

En el silencio de la olvidada iglesia

Si me preguntan por el momento más sobrecogedor del viaje a Soria, un momento en que sentí algo parecido a un arañazo punzante en el pecho, como la hendidura de  una fría e inclemente espada, tendría que hablar de una frase de Ricardo Hernández en la pequeña iglesia románica de Valdegeña. Hay otros momentos preciosos guardados para siempre en mi retina y hay otras frases más contundentes que laten en mi mente, como las que nos dijo César Sanz en la tertulia del Hostal Mari Carmen, pero ninguna evoca de manera tan viva el sentimiento que me embargó en ese instante.

Ricardo nos había estado contando anécdotas e historias de Valdegeña y nos había impregnado a todos de su afecto y preocupación por su pueblo. Era un día de nubes grisáceas, muy acorde con su melancólico estado de ánimo.

En la pequeña iglesia del pueblo, Ricardo nos enseñaba algunos objetos sacros que, con humilde orgullo, habían conservado y le llegó el turno a la figura de San Isidro, uno de los santos  verados en Valdegeña. Ricardo nos contó que el  15 de mayo de 2014, festividad de San Isidro Labrador,  vino el cura a oficiar misa, la primera en muchos meses, pues durante el invierno no se da misa en Valdegeña. La iglesia estaba abierta, había misa, pero nadie fue. “Sólo el cura,  Dolores y yo”, nos dijo Ricardo. Otro día más de silencio en la olvidada iglesia. “No sé qué pasará este año, pero nosotros aquí estaremos de nuevo”. 

No me malinterpretéis. Esta historia no me conmovió porque yo sea una febril devota, no. En ese momento, en mi agitada mente, confluyeron dos pensamientos que engendraron esta turbación en mí: pensé que San Isidro era el patrón de este pueblo y recordé el tumultuoso oficio de San Félix en nuestra Fiesta Mayor. Después descubrí que San Isidro era para Valdegeña lo que San Raimon para Vilafranca: las fiestas de invierno, el segundo patrón.  Y tampoco es del todo válido comparar ese rito religioso con el de mi ciudad, pues Vilafranca tiene tantos habitantes como Soria capital. Sin embargo, ese momento de turbación me ha acompañado desde entonces. No puedo evitar afligirme cuando pienso en que un pueblo, tan noble y antiguo, que ha sobrevivido a guerras, invasiones, bandoleros y a ¡Dios sabe qué!,  pueda llegar a desaparecer. Me entristece pensar que un lugar con la huella de un escritor tan importante como Avelino Hernández, que le ha dado voz y lo ha proyectado en el mundo, tenga ahora el registro de habitantes más bajo de su historia. Indigna pensar que el esfuerzo de Ricardo, el hermano de Avelino, que no deja de pensar en qué  actividades se pueden hacer en Valdegeña para atraer a la gente y que cada año recibe a los visitantes con una novedad o reforma (estos días restauraban el tejado de la vieja escuela, ahora Centro Social) no sirva al final para nada y un día este pueblo, que ya es parte de nuestra historia, no exista.

Y si sólo fuera el problema de Valdegeña… La despoblación es un virus que se extiende por toda Soria. El sábado, en El Heraldo de Soria se publicó una noticia de titular aterrador: "El descenso poblacional sigue cebándose en la capital, que se queda en 39.264 habitantes". Ya menos que Vilafranca, pensé. 

Solo una cosa serenó mi preocupación, otras palabras, las de  César Sanz: “El futuro de Soria pasa porque creamos en nuestra propia tierra”. Y no creer en esta tierra es algo que yo por lo menos rechazo rotundamente. En mi cabeza hay ya demasiadas palabras de poetas y demasiadas imágenes hermosas. Imposible no creer en esta tierra. “¡Oh tierra triste y noble!”, decía Machado. 

Assutzena Nin Hill

viernes, 10 de abril de 2015

Jueves, 9 de abril de 2015: Valdegeña (Avelino, Ricardo, César...) y Noviercas (Bécquer y Casta)

“Valdegeña también es mi pueblo”. Es la frase que hemos leído al bajar del autocar, en un viejo almacén en la entrada del pueblo. No sabemos cómo expresar la impresión que hemos tenido al observar ese hermoso paisaje, los marcados caminos que conducen a las antiguas casas de piedra, muchas de las cuales sólo están despiertas en verano. Sólo hay siete habitantes, y tres se encargan de administrar el ayuntamiento.

Hemos compartido este día en blanco y negro con Ricardo Hernández y César Sanz, y hemos tenido el privilegio de apreciar y disfrutar de su generosidad. Mientras nos guiaban por el pueblo, hemos aprendido leyendas y vivencias personales todavía muy presentes en Valdegeña. No sólo nos han mostrado las calles, sino que en sus miradas hemos percibido su atención y curiosidad por nosotros: por nuestro tono de voz al leer y recitar fragmentos de los poemas, por nuestros gestos… Ricardo, César y Dolores han conseguido llegar completamente hasta nuestros corazones. Nos gustó mucho, por ejemplo, uno de sus  relatos: el  de una casa que perteneció a Isabelita la bandolera, una mujer que dirigía a principios de siglo a una banda de forajidos.

Ricardo, hermano de Avelino Hernández, alcalde de Valdegeña, el de la boina, un hombre luchador y comprometido con su tierra, ve la realidad de su pueblo, pero nunca se rinde. La casa rural, que tanto esfuerzo costó para atraer a más gente a Valdegeña, por necios intereses individuales terminó siendo un negocio privado para disfrute de cazadores. Ricardo sigue confiando, esperando y deseando que algún día vuelva a ser propiedad del pueblo. El hermano de Avelino desprende humildad y una enorme pasión por la vida en todo lo que nos cuenta. Su  ilusión y su bondad se reflejan en sus ojos, pocos hombres de ochenta años son tan activos como él. Nos ha sorprendido lo abiertos y confiados que, tanto Dolores como él, se han mostrado con nosotros. Han abierto las puertas de su casa de par en par para nosotros,  Ricardo nos ha invitado un vino hecho por él y nos han ofrecido una fuente inmensa de almendras ya peladas. Ricardo y Dolores son la generosidad y la bondad en persona.

César, reconocido fotógrafo de las tierras de Soria, amigo de Avelino y Ricardo Hernández, expresivo, observador del paisaje, de las miradas, de los contrastes de luz... A lo largo del día ha dicho varias frases que siguen retumbando en nuestras mentes: “La fotografía te acaba encontrando a ti”, “la pregunta importante es ¿cómo vivir? Y no ¿cómo sobrevivir?”, “desarrollar Soria en el aspecto humano y humanista”, “el futuro de Soria pasa por creer en tu tierra”, “vive  el aquí y el ahora,  ofreciendo cada uno sus dones y sus talentos”, “vivir el aquí y el ahora sin miedo, con libertad”, “LA LIBERTAD ES LA AUSENCIA DEL MIEDO, Y SIN LIBERTAD NO ES POSIBLE LA CREATIVIDAD ”. Nos cuenta que el ciclo de la fotografía ha terminado para él, y ahora tiene un nuevo proyecto de agricultura biodinámica en Valverde de los Ajos.

En Matalebreras, hemos comido tertuliando como en el libro de Avelino que leímos, “Mientras cenan con nosotros los amigos”.  Como llovía, cuatro chicas (Assutzena, Carla, Laura y Esther) han hecho una representación de la leyenda becqueriana “Los ojos verdes”. Dramatismo, intensidad y pasión es lo que nos han transmitido en cada detalle de su actuación.

Hemos pasado la tarde en Noviercas, un pueblo asociado al universo literario de Bécquer. Allí Nuria y Laia han recitado dos poemas durante el paseo. El original canon del primer poema y el sonido del ukelele en el segundo permanecerán en nuestras memorias por mucho tiempo.

Desde el mirador de Valdegeña, Ricardo nos ha señalado los distintos torreones que se pueden ver, y hemos tenido la suerte de entrar al torreón árabe. Montse nos ha llevado hasta la terraza del torreón y hemos podido contemplar las bellas vistas, aunque había también un cielo en blanco y negro.


Paula Nef y Núria Gómez

martes, 6 de mayo de 2014

Valdegeña también es mi pueblo

A aquest enllaç de Youtube podreu veure l'excel·lent video realitzat per la Neus Mill sobre la visita a Valdegeña i la figura de l'escriptor Avelino Hernández.



martes, 23 de julio de 2013

Homenaje a Avelino Hernández en Valdegeña (21/07/13)

Carlos Colomo, autor de la escultura de Silvestrito, frente a la casa familiar de Avelino, siempre abierta a la amistad
Un grupo de profesores de Vilafranca conversan con Cristina Cerezales Laforet (detrás de Paco Robles,  Iñaki Ustarroz, autor del libro "La Sierra Desolada" basado en la obra "La sierra del alba" de Avelino Hernández).
Olga Martínez y Àngels Méndez con
Teresa Ordinas, compañera de Avelino Hernández
Tras el homenaje, Paco Robles (Ed. Candaya) y Àngels Méndez, conversando con  Mercedes Álvarez  en Aldealseñor


     LINK A LAS FOTOS DE IÑAKI USTARROZ

Las palabras semilla




Breve fragmento del artículo de Olga Martínez publicado por la Revista de Soria en ocasión del décimo aniversario del fallecimiento del escritor Avelino Hernández.

Durante los últimos nueve años –en un discreto y humilde rito que, ahora me doy cuenta,   cobra sentido en la repetición- una muchacha de 16 ó 17 años (no sabría explicar por qué, pero siempre son chicas las que eligen este texto) ha leído estas palabras en el camposanto de Valdegeña: “Acabar, morir, sembrar, rebrotar, crecer, dar fruto; acabar, morir, sembrar, rebrotar, crecer... La vida es eso. Y esta tarde lo he aprendido”. La primera se llamaba Emma y venía de Canet de Mar. Fue el 29 de marzo de 2005. La última se llamaba Júlia y era de Vilafranca del Penedès. Y el recuerdo es muy reciente: del 20 de marzo de 2013.
(…)
Casi siempre se es ruidoso y propenso a la carcajada cuando se tienen 16 ó 17 años, pero esa tarde de marzo, cuando yo pienso atropelladamente en todo esto y nos fijamos en que las cumbres del Moncayo están  todavía nevadas, tan solo respiramos silencio, ese “vasto silencio conmovido” sobre el que escribió un día el poeta Tomás Segovia.   Sólo cuando ya bajamos por las calles empedradas, un muchacho comenta que le gusta que haya pocas lápidas, que está bien que  tras la muerte se vuelva a la tierra y que pisemos esa tierra. Otro dice  que también está bien que desde el  camposanto de Valdegeña se vea esa inmensa  llanura verde y ocre, que sorprendentemente -como nos explica Ricardo, el hermano cuarto de la novela-  es muy alta, casi 1200 metros.     

(Sobre Mientras cenan con nosotros los amigos, Candaya, 2005)
Olga Martínez Dasi

LINK AL ARTÍCULO COMPLETO (PDF)



Olga Martínez y Paco Robles, junto a Pepe Sanz y Cristina Cerezales, en el homenaje a  Avelino Hernández en Valdegeña (21/07/13)


domingo, 28 de abril de 2013

Panta rei


 
El hermoso pueblo de Valdegeña se ha quedado unos años atrás. El señor Ricardo nos mostró su casa en la que se observan espacios propios de hace un siglo;  el lugar destinado a guardar el trigo, en la parte alta de la casa o el corral, abajo, para dar calor a los habitantes.

La Valdegeña de hoy es como un viaje al ayer. Aquel acogedor pueblo me transmitió cómo abusamos de las nuevas tecnologías, ya que comprendí que con poca cosa se puede tener calidad de vida.

La gentes de Valdegeña son personas a las que no les cuesta nada hacer un favor o cumplir su palabra ante algo. Tienen una mentalidad limpia, ajena a la corrupción ya que están acostumbrados a vivir con poco, y ese poco les basta para todo porque conectan con lo esencial.

En el pueblo comprobé que tienen unos pensamientos similares a  los de Antonio Machado ya que, cuando mantuve conversación con Ricardo y su mujer, pude apreciar en sus palabras cómo pensaban realmente. Tanto ellos como Avelino Hernández saben que todo fluye y que se tiene que aprovechar el momento. Pude deducir de las vivencias y las anécdotas que me contaron que habían vivido al máximo la vida; nos transmitieron que también lo hiciéramos nosotros. Realmente, ellos son el tipo de personas que muchos quieren llegar a ser o tener como amigos.                 
                                                                                           Adrià Roig

sábado, 27 de abril de 2013

El tiempo en Valdegeña


Valdegeña es un pueblo cuyo reloj aparentemente está parado, no avanza. Un pueblo diferente, un pueblo muy cordial. El tiempo parece no estar presente en el páramo soriano, sin embargo, a su alrededor avanza vertiginosamente, por lo que este pueblo es aún un lugar especial donde uno puede desconectar y reflexionar.
Un lugar donde entiendes que la gente nunca te va hacer un desplante, donde te sientes como en casa, que tiene siempre “las puertas abiertas”, como nos dijo Ricardo, el hermano de Avelino Hernández.
A cada viajero  que pisa esas calles, que ve esas casas, que pasa un tiempo perdido en las entrañas de esas tierras la experiencia le marca, pero sabe que él también dejará una huella.
Para ellos , la gente que les visita les hace felices y quieren que recuerde su estancia allí de una forma especial, como algo entrañable. Al entrar puedes leer los nombres de los visitantes que te han precedido en cada tesela.

Es un pueblo silencioso y frío, tal y como Machado describía a Baeza en “el poema de un día”, pero su gente, en cambio, irradia calidez. Para ellos, cada viajero es una alegría, cada momento con él compartido constituye una vivencia especial; para cada pregunta tienen una respuesta clara y agradecida porque sienten que interesarse por su tierra es lo mejor que les puede pasar. No quieren que el pueblo quede en el olvido, desierto, por eso se alegran tanto con las visitas que acogen de esta forma tan hospitalaria.

                                                             Oriol Florentín

viernes, 26 de abril de 2013

La Ventana de Avelino


“En estos pueblos, ¿se escucha el latir del tiempo? No.”-
Poema de un día, Antonio Machado

Una existencia común, sencilla, hecha de los ritos importantes de la vida: nacer, aprender, crecer, trabajar, amar, reír, medrar, menguar, sufrir, entregar el relevo, apagarse y morir. Una tradición muy vieja. Una historia muy larga. Una tradición hecha de decenas de siglos de estar pasando por ese territorio, por esas generaciones de gentes, todas las vicisitudes de la intrahistoria. Un pueblo castellano en la provincia de Soria es todo eso: sencillo, entrañable y cotidiano.
Sencillo el territorio, hecho de cereal en los campos y en los montes de carracas. Entrañables las gentes diezmadas por la emigración, carentes de algunas cosas materiales, ricas en otras vitales y siempre hospitalarias. Cotidiano el transcurrir apacible del tiempo, la naturaleza, las aves en los tejados; el ritmo natural de los quehaceres, el grato sobresalto de lo nuevo, el negro sobresalto de lo ingrato.
Querido viajero, visitante, internauta, lector, amigo: adéntrate en Valdegeña, puesto que hasta aquí has llegado. Queremos ir desgranando a tu paso lo que fuimos, lo que somos, lo que nos falta y lo que queremos.
Definitivamente, Valdegeña es uno de los pueblos más mágicos que he visitado.
                                                                                                     Omayma El Aakel


http://www.avelinohernandez.com/biografia.html

viernes, 29 de marzo de 2013

Fotos del dia 20

Abejar, de bon matí

Noviercas

Noviercas

Camí de Matalebreras, amb el Moncayo al davant

 Matalebreras

Valdegeña

Valdegeña, amb el Ricardo Hernández

Valdegeña

jueves, 21 de marzo de 2013

Valdegeña también es mi pueblo

20 de Marzo
Redactores: Alejandro Pastor, Andrea Mellado y Roger Pérez


La jornada de hoy ha sido como un viaje en el tiempo. Por la mañana  hemos recordado a Gustavo Adolfo Bécquer y por la tarde hemos visitado un pueblo que hoy día lucha por mantenerse vivo. Hemos recorrido la ruta becqueriana  en Noviercas, el pueblo de Casta Esteban, la esposa del célebre poeta posromántico y, después de comer, hemos visitado Valdegeña, el pueblo de Avelino Hernández. Este pequeño pueblo ha sido uno de los descubrimientos más grandes del viaje ya que Olga Martínez nos ha acercado a la obra de  este carismático escritor.


Visita a Valdegeña (Soria)


















Lo que más nos ha llamado la atención es el testimonio de Ricardo, alcalde del pueblo y hermano mayor de Avelino. Destaca por la generosidad ya que le ayudó económicamente  para que pudiese acabar sus estudios. También es generoso con su pueblo, porque promociona constantemente la pervivencia de la esencia de Valdegeña. Ricardo y su mujer, Dolores, tienen  las puertas de su casa abiertas a cualquier visitante, como hacía Avelino. Pensamos que las personas de este pequeño pueblo  son más abiertas que las de la ciudad.
Actualmente, en Valdegeña viven menos de cien habitantes; la mayoría mayores.  Este año han fallecido catorce. Precisamente hoy, cuando llegamos al pueblo, las campanas tocaban a muertos.  Han enterrado a una vecina de más de noventa años. Hemos visto cómo viven el ciclo de la vida de una forma natural, en contacto directo con la tierra, desde que nacen hasta que mueren.
A algunas personas del grupo les ha extrañado que se entierre directamente en la tierra, pero para los habitantes de Valdegeña, es una tradición.
Es impresionante el paisaje que se aprecia desde el cementerio, con la mole del Moncayo al fondo “blanca y rosa” al atardecer, como la describió Machado en uno de sus versos.

Escultura de "Silvestrito" en Valdegeña (Soria)


















Nos ha encantado la  famosa escultura de Silvestrito. Según la superstición que describe Avelino en su libro, si se le frota la cabeza, apruebas más fácilmente las matemáticas. ¡Muchos tocábamos con insistencia la cabeza de Silvestrito!
 También nos ha sorprendido ver la tesela con el nombre de nuestro centro y el año de nuestra promoción (2012-2013).

Es curioso ver la pared llena de teselas en recuerdo de tantas escuelas e institutos que han pasado por allí antes que nosotros: "Valdegeña también es mi pueblo".
 
Roger Pérez, Gemma Sala y Adrià Roig ante la tesela del "Eugeni"2013






















jueves, 21 de junio de 2012

Jueves, 19 de abril de 2012


Hoy, jueves 19 de abril del 2012, me he despertado en Soria. Estamos alojados en el camping-albergue Entrerrobles, un lugar sencillo pero acogedor.  Bernadette, Irene y yo estamos alojadas en el hostal. La habitación no es muy grande, pero para las tres está bien. Al entrar a la habitación a mano derecha está el baño y todo recto, a tres metros, la cama de Irene, junto a una mesita de noche que la separa de la litera donde dormimos Bernadette y yo. Tres maderas sirven para colgar la ropa.
Son  las 9:30. Hoy los profesores no han dejado dormir un poco más. He mirado por la ventana, llovía. Nos hemos vestido y  hemos ido a desayunar. El comedor no es muy grande, pero cabemos todos y, lo más importante,  se come bien.
Hemos ido a Valdegeña, un pueblo pequeño de 7 habitantes.  Allí nos esperaba Ricardo, el hermano de Avelino Hernández, el autor de Mientras cenan con nosotros los amigos, la novela que hemos leído recientemente.  Ricardo es una persona maravillosa: humilde, gentil, natural, agradable, generosa... Nos abrió las puertas de su casa, una casa curiosa y, como todo allí, acogedora, una casa antigua pero bonita y bien cuidada. Ricardo, es una persona que se interesa por conservar los valores de siempre que valen la pena. Tuvo bonitos detalles con  nosotros, como por ejemplo explicarnos, siempre con una sonrisa en la cara,  cosas de su vida y de su familia, cosas privadas que no tenía porque explicarlas. Algunas actividades de Ricardo me  llamaron mucho la atención: ha luchado por poner una casa rural en el pueblo, ha abierto  un museo, donde, como nos explicaba con cariño, muchas cosas de las cosas que se exponen han sido hechas o recuperadas por él.
Valdegeña es un pueblo pequeño pero precioso. Nada más llegar, en la pared de una casa resaltaba una gran frase que decía: "Valdegeña también es mi pueblo", debajo de esta frase había teselas donde la gente firmaba, como recuerdo a su paso por allí. Pero lo que más me ha gustado del pueblo es la parte de arriba donde se encuentra una pequeña iglesia, una iglesia muy pequeña y recogida, desde  mi punto de vista, preciosa. A Ricardo esta iglesia  le trae muchos recuerdos de su infancia.
Moncayo
La iglesia está situada en lo más alto del pueblo, donde se encuentra el mirador. Desde allí se observa  un paisaje precioso del Moncayo, una montaña a la que Machado hace mucha referencia en sus poemas.  Ahora entiendo la admiración de Antonio Machado por el paisaje soriano: seguro que le transmitía tanta serenidad como a mí me ha transmitido. El paisaje de Soria es una maravilla, no sé si es porque esos campos tan vivos y tan verdes son diferentes a lo que veo normalmente, pero a mí el paisaje de estas tierras me ha fascinado: las vistas desde el mirador, lo que veo por la ventanilla del autobús, el increíble paisaje de Río Lobos,  el paseo por el rio Duero... Tal vez sea porque aquí todo es mucho más natural y el campo no está tan machacado como cerca de Barcelona.   
Después hemos ido todos a comer al Hostal Mary, que estaba en Matalebreras, un pueblo cercano. La comida ha estado muy bien. ¡Daba gusto vernos a todos juntos comiendo!
Por la tarde hemos ido a visitar el pozo Román, pues unas compañeras iban a representar allí "La leyenda de los ojos verdes" de Bécquer. El paisaje de Soria me sorprendía otra vez: esa pequeña laguna escondida en el bosque me ha dejado sin palabras. Me dio mucha pena que se pusiera a llover y que nos tuviéramos que ir rápidamente de allí.
Luego hemos ido a Noviercas, el pueblo donde vivió Bécquer  una casa hoy en día en ruinas. Me parece una lástima que la casa de los padres de Casta Esteban, la mujer de Bécquer, esté en ese deplorable estado. La historia de Bécquer y Casta me ha parecido muy interesante y curiosa. Imaginártelo, mientras te lo cuentan,  es como sumergirte en otro mundo. Al parecer Casta tuvo un romance con un bandolero, conocido por los sobrenombres de HiIarión o el Rubio, y de esa relación nació su tercer hijo. Bécquer y Casta se separaron entonces, pero Bécquer reconoció a ese niño como propio y  siguió mandando dinero para Casta y para el niño.  Cuando muere su hermano Valeriano, Bécquer regresa con su familia, pero cuatro meses después también muere. Cuando Casta quedó en una situación económica muy precaria y cuando consiguió rehacer su vida casándose de nuevo, Hilarión, el Rubio, mató a su segundo esposo. Según cuenta una leyenda, el Rubio murió en un tiroteo que siguió a un espectacular robo (encerraron a todos los vecinos en la iglesia) que tuvo lugar en Beratón, el pueblo más alto de Soria. 
En Noviercas también hemos visitado un torreón árabe donde -como nos ha explicado Montse, nuestra guía allí- se refugiaba la gente cuando eran el pueblo era atacado por los enemigos cristianos.  En esta misma torre nuestras compañeras han escenificado, y muy bien, la “Leyenda de los ojos verdes”. Desde la azotea del torreón el paisaje era increíble. Ha sido una sensación maravillosa poder visualizar esa panorámica única de los campos de Castilla.
Luego  fuimos a la tienda de Montse, donde mucha gente compró embutido soriano para llevárselo a casa. Yo personalmente no, pues,  como mi madre es carnicera, he pensado que si le llevo un chorizo de regalo, me mata.
Tras cenar en el hostal de Valdeavellano, estoy en la habitación escribiendo este diario. Ahora bajaremos a la pequeña fiesta de despedida que se ha organizado ¡Seguro que nos lo pasamos bien!
Raquel Pacheco

miércoles, 20 de junio de 2012

Sensaciones


El viaje a Soria ha sido un viaje de trabajo con muchas experiencias y sensaciones, hablar sólo de una, sería una injusticia. El primer día, cuando llegamos al Casino de la Amistad agotados por el viaje, muchos pensamos que lo mas agradable sería ir al albergue a descansar,  pero una vez que empezó la tertulia con gente muy cercana al escritor Avelino Hernández, te dabas cuenta de que merecía la pena estar allí, con aquellas personas que sentían un gran cariño porel escritor soriano. César y Pepe hablaban sin ningún tapujo de Avelino, al igual que Teresa, ella con el plus añadido de que,  siendo la viuda, algunas de nuestras preguntas podían incomodarla, pero siempre nos contestó con gran sinceridad. Mientras, Ricardo, el hermano de Avelino, escuchaba atentamente.
El jueves vivimos lo que para mí fue la segunda gran experiencia del viaje: la excursión a Valdegeña, el pueblo casi vacío donde Ricardo y Avelino habían vivido de  niños. Ricardo siente un gran cariño por su pueblo, como demostraba en cada una de sus palabras. Sin duda Ricardo es la persona del viaje que mejor impresión me ha causado. Es  un hombre de pueblo y de pocas palabras, pero cada vez que hablaba,  se desnudaba ante nosotros,  un gran grupo de adolescentes a los que no había visto nunca. A medida que pasaba la mañana y escuchabas a Ricardo, en ese  pueblo vacío de gente pero lleno de sentimientos, tenías más y más ganas de apreciar los espectaculares paisajes que se veían, sobre todo desde el mirador de la iglesia. Sin duda, lo que está haciendo Ricardo para mantener viva la historia del pueblo es digno de contar y admirar.
La tercera experiencia que más me agradó fue la subida a la Laguna Negra. Cansado de la noche anterior, me dormí en el bus, pero cuando me desperté y  corrí la cortina de la ventana, me encontré con una sorpresa inesperada: la nieve. Al bajar del bus pensé que no sería tan duro el camino y, en verdad, no lo fue ya que al subir acompañado de los compañeros y tirándonos bolas de nieve, el tiempo pasó bastante rápido. Al llegar a la cima y ver lo que uno puede ver allí, te das cuenta de que subir 1700 metros no es nada y más cuando tienes la oportunidad de compartirlo con gente a la que aprecias, algunos más y a algunos menos. La bajada fue más divertida por los resbalones, pero también mas fría ya que sentías como el agua ya estaba en tus pies y los congelaba. Sin embargo, gracias a los conductores, que nos abrieron el maletero y no hicieron más ameno el viaje con su música y buen humor,  pudimos cambiarnos los calcetines y las bambas.
La vuelta a casa fue muy tranquila. Y la sensación que uno tiene cuando le preguntan que tal  ha ido el viaje y no sabes por dónde empezar a contar,  es muy buena. Yo recomendaría volver otra vez ir allí.
Álex Sánchez

De la vida, lo esencial


Acariciaba el pomo de la puerta con tanta  inocencia que ni por un momento pensé que algo así fuera a suceder. Abrí la puerta de madera, dejando que el suave y frío aliento del viento me rozase las mejillas, cuando el sol, escondido durante horas tras las nubes, salió para regalarme un  bello parajes. Sé que no es el paisaje más bonito que he visto en mi vida, es difícil escoger uno, pero ese lugar tenía algo de magia que me cautivó y me dejó ausente durante unos segundos. No solo ausente de los malos pensamientos, sino de cualquier pensamiento.
De pronto, unas risas llenas de vida me obligaron a volver al tiempo y espacio real. En un acto reflejo, me giré y al ver la pequeña ermita románica me tranquilicé. Aún estaba en Valdegueña, ese  pueblo minúsculo de cuyas piedras me enamoré. Tardé solo un instante en darme cuenta de que tenía que sacarle una foto al paisaje que descansaba, contagiando tranquilidad, ante mis ojos.  Al llegar a casa, quería enseñárselo a mi madre. Esto es lo que verías cada día al despertar. Supe que ese paisaje, ese cuadro, estaba hecho a la medida de mi madre, que le encantaría. Saqué la foto y  aún con la cámara en la mano, recorrí las calles de ese pueblo ya tan familiar en busca de las risas conocidas.
Cada una de las casas de Valdegeña me recordaba a mi padre. Me lo imaginaba paseando por aquellas calles  de piedras uniformes. Cada piedra era testigo de una historia, de esas historias  antiguas que siempre han fascinado a mi padre. Cada vez que tiene ocasión de contarme alguna de esas historias no duda en hacerlo.
No pude evitar que una sonrisa se dibujase mi rostro. El viento de aquella mañana me traía la calma, el bienestar, la sencillez y la naturalidad del pueblo y su gente. Pensé en la gran suerte que tenían las personas que vivían allí y cada día paseaban por las mismas calles en que me encontraba yo..., y me supo mal que esa villa fuera ahora un lugar tan solitario.  De pronto, vi un grupo de gente, mi gente, mis amigos. Me acerqué, y contemplé los rostros de mis compañeros; la mayoría estaban felices, despiertos, sonriendo, riendo, intercambiándose miradas de complicidad..., Algunos estaban completamente seducidos por la explicación de Ricardo, y otros, cansados y con sueño, reflexionaban sobre sus cosas mientras intentaban luchar contra los párpados que querían cerrarse. Sin embargo, todos tenían un aire dulce, a todos les gustaba estar allí, viviendo ese momento. Era fácil sentirse a gusto en el grupo, esos días pasados juntos en Soria nos sirvieron para muchas cosas, una de ellas, hacer más fuertes los lazos que nos unían como  estudiantes, amigos, personas..., sin diferencias.
Y yo me preguntaba: ¿Cómo no se puede querer a un pueblo que te recuerda a tu familia y en el que puedes disfrutar con tus amigos?
Gisela Guitart Font

lunes, 18 de junio de 2012

Una lección de vida


Un jueves lluvioso y soleado a la vez fuimos a Valdegeña, pueblo de nadie y de todos. En la entrada, en unas teselas. se lee “Valdegeña también es mi pueblo”. Es verdad: Valdegeña consigue ser una parte de nosotros y que nosotros seamos una parte de él. 
Fuimos al antiguo colegio, al pequeño pero acogedor albergue, a la iglesia, al cementerio…  Son lugares que están en cualquier pueblo, pero que en Valdegeña, adquieren un aire especial. Todo es cercano allí y tienes siempre la sensación de que las puertas de todas las casas están abiertas.
Mientras visitábamos esos lugares, observé atentamente a Ricardo, un hombre de 79 años, vital, generoso, humilde. Ricardo nos enseño el pueblo, su pueblo.  Mientras caminábamos por las calles, él nos contaba historias de Valdegeña, su vida, la vida de los que vivieron allí.  Todo, con una chispa de ilusión en los ojos, que solo personas como él tienen. 

En Valdegeña comprendí la vida de Ricardo, comprendí que la vida es más que existir, que la vida es luchar por lo que uno quiere, tener metas, sueños... 
Ricardo restaura el pueblo para que no se marchite, para que reviva y perdure en el tiempo. Como los recuerdos que tiene en las paredes de su casa: un laúd, una guitarra, herramientas del campo, imágenes de los suyos (de sus padres, de Avelino, el hermano escritor), un jarrón de madera hecho por él, baúles de trocitos de distintas maderas, boinas, cojines bordados, una cruz… Recuerdos en los que perdura una larga historia detrás, pero que al mismo tiempo forman parte de la vida sencilla que ha vivido Ricardo. Una vida que aunque sencilla no deja de ser admirable, una vida llena de historia, de ilusión...
Cuando estábamos en el cementerio, Ricardo nos dijo que querían que le incineraran porque no quería un ataúd abandonado, tenía miedo de que nadie se acordara de enterrarlo y de que los pocos familiares que le quedaban, tuvieran que estar obligados a recordarle. Creía que pronto nadie se acordarí de él. Quiero decirle, que yo sí que le recordaré, porque me parece admirable que consiga hacer de un pueblo desconocido la casa del viajero que llega.  Gracias Ricardo, por hacerme pasear por esas mágicas calles y por la gran lección de vida que me enseñaste.
Marta Peinado