Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...

lunes, 18 de junio de 2012

Una lección de vida


Un jueves lluvioso y soleado a la vez fuimos a Valdegeña, pueblo de nadie y de todos. En la entrada, en unas teselas. se lee “Valdegeña también es mi pueblo”. Es verdad: Valdegeña consigue ser una parte de nosotros y que nosotros seamos una parte de él. 
Fuimos al antiguo colegio, al pequeño pero acogedor albergue, a la iglesia, al cementerio…  Son lugares que están en cualquier pueblo, pero que en Valdegeña, adquieren un aire especial. Todo es cercano allí y tienes siempre la sensación de que las puertas de todas las casas están abiertas.
Mientras visitábamos esos lugares, observé atentamente a Ricardo, un hombre de 79 años, vital, generoso, humilde. Ricardo nos enseño el pueblo, su pueblo.  Mientras caminábamos por las calles, él nos contaba historias de Valdegeña, su vida, la vida de los que vivieron allí.  Todo, con una chispa de ilusión en los ojos, que solo personas como él tienen. 

En Valdegeña comprendí la vida de Ricardo, comprendí que la vida es más que existir, que la vida es luchar por lo que uno quiere, tener metas, sueños... 
Ricardo restaura el pueblo para que no se marchite, para que reviva y perdure en el tiempo. Como los recuerdos que tiene en las paredes de su casa: un laúd, una guitarra, herramientas del campo, imágenes de los suyos (de sus padres, de Avelino, el hermano escritor), un jarrón de madera hecho por él, baúles de trocitos de distintas maderas, boinas, cojines bordados, una cruz… Recuerdos en los que perdura una larga historia detrás, pero que al mismo tiempo forman parte de la vida sencilla que ha vivido Ricardo. Una vida que aunque sencilla no deja de ser admirable, una vida llena de historia, de ilusión...
Cuando estábamos en el cementerio, Ricardo nos dijo que querían que le incineraran porque no quería un ataúd abandonado, tenía miedo de que nadie se acordara de enterrarlo y de que los pocos familiares que le quedaban, tuvieran que estar obligados a recordarle. Creía que pronto nadie se acordarí de él. Quiero decirle, que yo sí que le recordaré, porque me parece admirable que consiga hacer de un pueblo desconocido la casa del viajero que llega.  Gracias Ricardo, por hacerme pasear por esas mágicas calles y por la gran lección de vida que me enseñaste.
Marta Peinado  

jueves, 14 de junio de 2012

Lunes 16 de abril de 2012. Medinaceli


         Es mediodía y nuestro primer reposo del viaje. Ya estamos en tierras castellanas cercanas a Soria. Medinaceli es un lugar ciertamente inhóspito, este pueblo parece bastante tosco, pero en lo alto de una pequeña meseta desde donde se dominan las inmensas llanuras, tiene unas vistas impresionantes. A la entrada, un prado de alto césped azotado por las fuertes ráfagas de viento nos recibía con un vasto paisaje a sus espaldas.

Medinaceli
Con un buen amigo nos hemos adentrado en el histórico pueblo que, valga la redundancia, rebosaba de soledad. Aún así, algún que otro vecino ha hecho su aparición, mas pese a nuestros amistosos saludos todos han prolongado el silencio del pueblo. Atravesando calles, plazas y diminutos pasajes, que parecían construidos a modo de pasillos, llegamos a la otra cara de la civilización:  otro inmenso paisaje tras otro prado verde. Esta vez el paisaje se veia interrumpido por un edificio de grandes dimensiones: un castillo de aspecto medieval yacía en medio del prado pero al borde del barranco, con una parte bien erguida y la otra medio arruinada. Nos hemos dirigido a esta última tras observar brevemente la fachada. A medida que nos acercabamos al precipicio, el paisaje se apreciaba  cada vez mejor y el viento soplaba más y más fuerte. Al alcanzar el muro medio derrocado del vetusto edificio, nos hemos dado cuenta, con sorpresa, que  a resguardo del viento, había un cementerio construido  cuidadosamente. Nos hemos alejado de lo que parecía un castillo abandonado y justo antes de adentrarnos otra vez en la estrechez de ésas calles rocosas, he vuelto a mirar más allá de los límites de la meseta: eran otras vistas pero no por ello menos impresionantes.

De nuevo, mientras el viento se llevaba el resonar de nuestros pasos por las calles, he mirado el reloj: era casi la hora de comer y seguíamos sin haber visto apenas una alma castellana en ese pueblo.

Y nos hemos ido sin más. Este pueblo anacrónico, lleno de historia pero con poca vida actualmente, me ha dado, sin embargo, la impresión de que quería recibirnos, como si se hubiese preparado para que lo pudiesemos ver mejor: vacío y en silencio, despejado, para que pudiéramos apreciar con detalle su cuerpo, esas estructuras de piedra, que delatan su pasado,  lo único que ha perdurado en el tiempo.
Enric Umbert

Caminando por la nieve


La parte más especial del viaje, para mí, fue la excursión a la Laguna Negra, no solo por la belleza de ese lugar, sino también por la dureza del camino, ya que eso hizo la laguna más interesante y  bonita

Laguna negra

Cuando estábamos llegando,  pensé: ¡Qué pereza salir del autocar! ¡Con el frío que tiene que hacer fuera! (después resultó que tampoco era para tanto) ¡Con el sueño que tengo y lo poco que he dormido esta noche!  Pero una vez bajé del autocar, me hizo mucha ilusión tocar la nieve (durante todo el invierno ni siquiera la había visto) y, ya de paso, lanzar unas cuantas bolas de nieve a los compañeros y a los conductores de los autocares, pues fueron ellos quienes empezaron a lanzarlas.
Tras esta pequeña anécdota empezamos a andar por la nieve. Se tenía que ir con cuidado, vigilando por dónde pisar y siguiendo el rastro que dejaba la gente de delante. Esto me  impidió  fijarme en los arboles que había al lado del camino. Se tenía que ir con precaución.
Después de andar poco más de un kilómetro, llegamos a la Laguna Negra, ese lugar tan especial, donde el agua es muy oscura, pero muy limpia. La laguna estaba rodeada de árboles y de montañas de las que no se alcanzaba a ver la cima, pues estaban tapadas por las nubes. Entendí enseguida por qué  a Machado le gustaba tanto ese lugar.
La vuelta no se me hizo pesada, a pesar de que llevaba los zapatos  y los calcetines empapados.  Por fin pude contemplar mejor los arboles que flanqueaban el camino. .
Después, en el autocar, fue un placer recuperar el calor: los pies, como los zapatos y los calcetines,  estaban completamente mojados y helados. .
Francesc Esteve 

miércoles, 13 de junio de 2012

Pequeños detalles que se hacen grandes


Uno de los momentos más especiales del viaje fue el descubrimiento de  la Laguna Negra: hacer un recorrido de unos 2 quilómetros por la nieve y llegar a un lugar mágico,  en el que uno de los mejores autores de nuestro país  se inspiró para crear parte de su obra, fue simplemente espectacular. El  ambiente que se respiraba en ese lugar era diferente al del resto de la montaña. Había  una tranquilidad extraña, como si la laguna escondiera algo en el fondo, un misterio que no  conocíamos, pero que teníamos ante nuestros ojos. No era difícil entender por qué Machado situó allí la trágica historia de los Alvargonzález.
Aunque si tuviera que escoger el momento más emotivo de nuestros días en Soria,  estoy seguro que escogería la visita a Valdegeña, el pueblo de Avelino Hernández, que visitamos guiados por su hermano Ricardo. Ricardo nos enseñó algunos de los lugares en los que él y Avelino crecieron y otros sitios emblemáticos del pequeño pueblo, como el museo que había  creado con fotos de época y  las herramientas que se usaban antiguamente en el campo.  Ricardo también nos explicó algunas anécdotas de sus vecinos e historias que se contaban por esos parajes. Y nos enseñó algunas de las técnicas que se utilizaban antiguamente en las faenas del campo  y  en otros oficios.  La despoblación de Valdegeña y de otros pueblos sorianos inspiró uno de los temas fundamentales de la literatura de Avelino Hernández: el sentimiento de pérdida que la desaparición de un  pueblo conlleva. Cualquier  pueblo esconde recuerdos de la gente que ha vivido en ellos,  palabras que no se conocen en otras zonas, lugares llenos de historia... y todo ello, si un pueblo desaparece, se va a perder y va a quedar olvidado.
Finalmente el momento más divertido de todos (aparte de las noches en el albergue con los amigos), fue sin duda, la comida en el Restaurante Mari Carmen, donde  nos pudimos sentir adultos, ya que bebimos vino a nuestras anchas y conversamos con nuestros compañeros y compañeras como si tuviéramos 25 años. Lástima que no todo acabó del todo bien, ya que algunos abusaron de la confianza.
Albert Millán

La sorpresa en las caras



Cuando se nos planteó hacer esta redacción, pensé en cuál podría ser mi mejor momento del viaje, aquel momento inolvidable, aquel que más me ha emocionado y  gustado. No tenia ni idea de cuál podría ser, pero ahora lo tengo claro. El momento que me más llenó fue el primer día, cuando estuvimos en el Casino de la Amistad de Soria. 
Llegué a ese lugar que parecía de otra época, subí las señoriales escaleras y fui corriendo a cambiarme, porque en aquel momento, el tiempo era oro. Me puse un vestido azul que, un poco travieso, se resistía a entrar. Noté que la fría tela, especialmente la falda, me tocaba todo el cuerpo. Me puse las zapatillas. Cuidadosamente, metí el pie en una de ellas. Estaba fría también. Cuando ya había entrado todo el talón, empecé a atar las cintas con delicadeza, acomodándolas sobre mi pierna, una encima de otra. Repetí la misma acción con la otra zapatilla y cuando terminé, me puse de pie. Coloque los pies en forma vertical, clavando la punta en el suelo y empecé a notar un masaje ligeramente doloroso en los pies. Con las zapatillas ya puestas,  fui al baño a peinarme. Me recogí el pelo y me hice un moño desenfadado. Algunos cabellos se soltaron de la goma, pero no le di importancia. Al salir del baño, oí que la canción que bailábamos ya estaba sonando. Oía una nota detrás de otra, lentas pero sin dormirse; persiguiéndose unas a otras sin perder el ritmo ni la melodía. Entré en el gran salón y me fijé en las  hileras de sillas. Al fondo estaba el piano de donde salía la música. Gemma lo tocaba. Empecé a mover de acuerdo a s los movimientos que habíamos marcados, uno detrás del otro, sin perder el hilo que los unía.
Era ya la hora. Las piernas me temblaban y sentía un ligero cosquilleo en el estómago. Tenía en la mente todos los pasos que debía hacer, cada uno cuando tocaba. Continuaba notando el frío de la falda en mi cuerpo. Algunos cabellos me tiraban del moño. Tenia la boca seca. Mis compañeros terminaron de cantar. Ahora sí que nos tocaba. Cerré los ojos, cogí aire profundamente, hasta llenar todos mis pulmones y lo solté. Estaba más tranquila. Caminé hacia mi posición, coloqué las piernas cómo debía y volví a cerrar los ojos. En ese momento empezó a sonar la música. De golpe me tranquilicé, me sentí segura allí, sabía lo que tenía que hacer. Así que me di la vuelta y empecé a bailar lo mejor que pude. Veía la sorpresa en la cara de mis compañeros,  una sutil sorpresa en las  caras que me hizo sentir bien, cómoda, feliz... 
Elena Reyes Gonzàlez

viernes, 8 de junio de 2012

Abrirse paso entre el grosor de la nieve


Es viernes. Quizás sea por la movidita noche que pasamos todos, pero en el autocar me cuesta abrir los ojos… De pronto alguien me toca el brazo y  me llama por mi nombre – ¡Esteve, Esteve! –  y abro los ojos asustado sin saber ni dónde estoy ni qué pasa. ¡Qué sorpresa! Estamos rodeados de un paisaje blanco precioso. La nieve virgen había cubierto la montaña de un suave blanco que, pisada tras pisada, se iba deshaciendo y congelando a la vez.  Esa noche habían caído más de 50 centímetros de nieve.

El lugar donde el autocar paró se bifurcaba en dos caminos. Uno nos llevaba a nuestro destino. El otro, lo despreciamos. Los profesores dijeron que quién no quisiera bajar porque no traía calzado adecuado o, simplemente,  porque le deba pereza, podía  quedarse. Pero yo pensé: ¿Quién será capaz de despreciar esta nieve tan hermosa y dulce?  Yo  bajé de sopetón. Mi día había llegado: me tocaba recitar mi poema.

Nada más tocar la nieve se me empezaron a mojar los pantalones y las zapatillas. La nieve cubría toda la carretera que subía a la Laguna Negra, ese era nuestro destino, “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Nunca estuvieron mejor dichos estos versos: teníamos que abrirnos paso entre el grosor de nieve. La subida fue dolorosa: los pies fríos, la cara helada y si, además, les tiras bolas de nieve a tus amigos y no tienes guantes... ¡Imagínate como te queda las manos!

            Anduvimos mucho tiempo, no controlé cuánto, pero 1 kilómetro y 700 metros de subida dan para mucho. Suerte que íbamos en compañía y  me entretuve hablando con los compañeros. Aunque andar un rato solo también me gustó: ese paisaje -la nieve, los árboles, las piedras...- te invitaba pensar y luego te ayudaba a vaciar la mente por completo,

Laguna Negra
Por fin llegamos. ¡Menuda alegría! ¡Qué bonita era la Laguna Negra! La nieve le daba un toque precioso al paisaje. Era hora de tomar una foto para ponerla de fondo en la pantalla, recordar el fin del viaje y sonreír ante las locuras que se me ocurrían: tirarme a la Laguna Negra y darme un buen chapuzón. Pero va a ser que no. Con el agua helada eso no era posible... Se acercaba mi hora, me tocaba. Junto a mi compañero Gerard recité el poema, frente a un gran paisaje, ante una gran cámara. Salió de perlas, el poema de Alvar González quedó magnifico con nuestras voces.

Ahora ya solo quedaba contemplar un poco más esa Laguna, que espero  volver a visitar algún día. Luego la bajada, que duró mucho menos. Los compañeros corrían y patinaban por la nieve. Alguna caída también hubo, pero nada grave, solo unas risas. Una vez en el autocar, los que pudimos,   nos cambiamos el calzado y los calcetines mojados. Y... camino hacia casa. Ya solo nos quedaba despedirnos de esas tierras que nos habían acogido durante  5 días.
Esteve Ollé

La ilusión de Ricardo


Cuando me acomodé en aquella silla, aún estaba cansada de estar sentada tantas horas en el autocar, pero aquella sala me cautivo al instante. La encontré preciosa y su color rojo  me hipnotizó. El techo era fantástico y las paredes lucían unos elaborados  vestidos de sevillana,  que me recordaron a mi abuelo, y este hecho  me enterneció. Al frente, el motivo por el que nos encontrábamos allí:   personas importantes e imprescindibles del mundo de Avelino Hernandez, dispuestos a acercarnos más a su personalidad y a ayudarnos a comprender mejor su obra. Y así fue, realmente lo lograron.
Ricardo Hernández Lucas

En aquella mesa se encontraba alguien que me marcó especialmente: Ricardo, el hermano de Avelino.  Sólo con  observarlo y  escuchar sus  primeras palabras, me hizo estremecer. No sé qué ocurrió, ni por qué, pero que mis ojos se humedecieron. Me emocionó verlo allí, tan inocente e indefenso, junto a personas más jóvenes, más intelectuales y con mucha más cultura que él. Y sin embargo,  fue Ricardo él que más me llegó de todos los que hablaron y quien a lo largo del viaje me hizo comprender mejor,  a su hermano y el sentido de su obra.  Llevábamos mucho tiempo trabajando  Mientras cenan con nosotros los amigos y la personalidad de Avelino Hernández, y creía que había captado la esencia de su universo literario y ético. Pero tras la tertulia, la visita a Valdegeña y el viaje,  me di cuenta de que en muchas cosas estaba equivocada. Hasta que no lo viví en primera persona, hasta que no pisé las calles de Valdegeña y  escuché a sus familiares y amigos hablar de él con tanta calidez,  no pude comprender la trascendencia del mundo de Avelino Hernñandez,   la importancia de su obra. Y Ricardo fue clave en esto, tanto por sus pocas y avergonzadas palabras en el Casino de la Amistad,  como el jueves en la visita a Valdegeña, el pueblo de los dos.  

Cuando recorrimos las calles de Valdegeña, no podía dejar de escuchar a Ricardo que, con gran naturalidad,  nos contaba sus vivencias en el pueblo, la infancia junto a su hermano, algunas anécdotas de los  dececinos... Creo que Ricardo me atraía tanto porque  descubrí en él a  un hombre humilde,  con muchas de las mejores cualidades que un ser  humano puede tener: la generosidad, el altruismo, la hospitalidad, la sinceridad, la proximidad, la sencillez, la honradez, la lealtad...  Estos son algunos de los valores que  esconde Ricardo bajo su boina y comprendí que también  eran los valores de su hermano. Valdegeña tenía algo especial, quizás aquellas calles en las que  no había llegado el asfalto, quizás el influjo Avelino, quizás el hermosísimo paisaje que lo rodea,  quizás la generosidad y humanidad de las personas que nos acompañaban. Y  allí, al pie del Moncayo, entendí de verdad los valores de Avelino, los pilares fundamentales de su vida: el valor de la amistad, la libertad y la igualdad, la armonía entre el hombre y la naturaleza, la generosidad, el querer, el compartir, el disfrutar, el vivir...
-        ¿Y como es que hace todas estas cosas en un pueblo tan pequeño, Ricardo? - preguntó uno de mis compañeros.
-        La ilusión, eso es la ilusión.
Paula Lecegui