Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...

viernes, 8 de junio de 2012

Las ilusiones que mueven el mundo


En un momento de serenidad, giré la cabeza y contemplé el paisaje. Era un precioso paisaje: el verde, el marrón y el azul convivían en perfecta armonía. A lo lejos unos gigantes de acero,  una larga carretera por delante y, a ambos lados, campos, los campos de castilla. Hacia atrás, las montañas y,  entre todas, una especial. En una de sus laderas se escondían unas pocas casas de piedra que se fundían con la montaña: Valdegeña. Desde lejos Valdegeña parecía poco más que unas cuantas casas viejas, perdidas en la gran Castilla. Pero  acabábamos de estar allí y sabía que Valdegeña no era sólo unas pocas casas, también era mi pueblo. Y mucho más: era la ilusión de un hombre de 78 años de sonrisa inolvidable, era el futuro de los pequeños pueblos, era la cuna del  escritor Avelino Hernández, era el mejor momento de un viaje de estudios… Valdegeña era muchas cosas, no era, desde luego,  sólo casas.
Valdegeña

Ricardo esa mañana nos  enseñó su pueblo. Nos enseñó las antiguas escuelas, la fragua, las calles, los  parques casi sin estrenar,  una casa especial (la suya y la de Avelino), la iglesia, el cementerio, un museo con  herramientas tradicionales del campo (con cierta decepción, nos explicó que casi todos los utensilios eran suyos), los paisajes del Moncayo… De cada uno de estos lugares, Ricardo nos contaba  anécdotas y pequeños proyectos. Y cada vez que hablaba,  su rostro me explicaba sin palabras muchas más cosas.

Con timidez, pero a la vez con cierta euforia,  nos mostró su último proyecto: una casa rural. Sencilla y sin ostentaciones, pero con todo lo necesario para pasar unos días agradables en el pueblo. Era como si Valdegeña, en nombre  de los pueblos casi deshabitados de Soria, nos abriera sus puertas.

Pero además Ricardo  nos enseñó un lema  en un muro que, de alguna manera, daba sentido a todo lo demás: “Valdegeña también es mi pueblo”. Y debajo,  un gran mosaico de teselas con los nombres de las muchas personas que habían visitado el pueblo.  Y también nos enseñó  otra pared, cerca de la casa de Avelino, con los nombres de las escuelas e institutos que se  habían acercado hasta allí .En una  de las placas se leía: Institut Eugeni d’Ors. Vilafranca del Penedès. Generació del 2012. Valdegeña también era nuestro pueblo.

Mi momento especial fue comprender la  importancia de las pequeñas ilusiones, de las ilusiones que mueven el mundo. Fue entonces cuando comprendí  también eso que escribió Avelino y que yo acababa de leer en el cementerio: “Acabar, morir, sembrar, rebrotar, crecer, dar fruto; acabar, morir, sembrar, rebrotar, crecer…”  Eso es la vida y es por eso por lo que lucha Ricardo en su pueblo.
Itziar Escofet Colet

Valores y experiencias sorianas


  No es nada fácil limitarse a unos pocos buenos momentos, a unos pocos  valores aprendidos, cuando afortunadamente vivimos tantos y nos regalaron tantos. Este viaje ha superado en mucho mis expectativas, pero justo es esto lo que me encanta, que lo vivido, por una vez, supere a lo esperado.  Nuestra semana en Soria está, por ello. repleta de momentos y de detalles que desearía no olvidar nunca  ¿Por qué no repetirlo?
  Tras nuestro viaje por esas tierras de Castilla,  he entendido muy bien el amor que Machado sintió por Soria. Soria está llena de paisajes preciosos que nadie debería limitarse a verlos inmóviles en las fotografías, son paisajes llenos de sensaciones que hay que vivir en persona y que nosotros disfrutamos mucho porque antes habíamos aprendido un cúmulo de cosas sobre ellos, cosas  que ahora encajaban a la perfección.
  Este viaje nos ha mostrado una forma diferente de conocer mundo y de aprender literatura,  naturales, historia o  arte: hemos descubierto una forma de trabajar más dinámica y libre, que consiguió salvarnos de la monotonía. Pero lo mejor ha sido que hemos aprendido unos valores muy importantes y desgraciadamente muy poco frecuentes en el mundo materialista que nos rodea. De todos estos valores quiero destacar dos: la humildad y la generosidad. ¡Fue fantástico que personas desconocidas se familiarizaran tan rápidamente con nosotros, y con tanta naturalidad y afecto!  Sin pedir nada a cambio compartieron con nosotros un tiempo de sus vidas para acompañarnos y hacer mucho mejor nuestro viaje. Nos regalaron gestos tan valiosos como el de Ricardo, que no abrió las puertas de su casa, o el de Teresa, que nos abrió las puertas de su corazón. Valoro muchísimo la colaboración de Ricardo, de Teresa, de César, de Pepe, de Montse, y su cálida presencia en nuestro viaje.
Laguna Negra
  Recuerdo un momento muy preciso que me estremeció. Yendo a la Laguna Negra caí rendida en el autobús y me dormí. Al abrir los ojos,  no sé cuánto tiempo después, el paisaje se reducía a un solo y apacible color: el blanco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: de repente estaba todo nevado.  No tenía ni la más remota idea de que íbamos a pasear por la nieve. Me encantaba el paisaje que mis ojos contemplaban y el sueño se me pasó de golpe: era imposible dormirse ante esas magníficas vistas. 
  Me encanta el mundo rural y me enamoré de los pueblecitos que visitamos,  cada uno de ellos tenía un toque diferente y encantador. Recuerdo también momentos muy importantes que esta vez no destacaban por el lugar donde estaba, sino por con quien los compartía: comidas y noches en el albergue, trayectos en el autobús, conversaciones... Todo el viaje estuve junto a grandes personas. A algunas tuve la oportunidad de conocerlas mejor y con otras, nuestra amistad se hizo todavía más fuerte. Y es que compartir un viaje con las personas que quieres, no tiene precio y tampoco, como diría Avelino,  una mesa en la que está rodeada por tus más grandes amigos. 
Maria Esteve Albero

jueves, 7 de junio de 2012

Donde la trágica historia de los Alvargonzález


En este fantástico viaje a Soria, hemos visto pasajes asombrosos como el inmenso cañón del Río Lobos, nos ha emocionado la pasión con que Ricardo Hernández trabaja por la restauración y pervivencia de Valdegeña, nos ha deslumbrado el magnífico claustro de  la iglesia de San Juan del  Duero, que ofrecía una sorprendente diversidad  arcos cruzados, y  nos hemos asombrado con el misterioso torreón árabe de Noviercas, pero quizás lo que más me ha gustado ha sido La Laguna Negra.
Laguna Negra

Me asombré desde el principio, cuando por la ventana del autobús. empecé a ver de repente  pequeñas charcas de nieve en la montaña  (durante todo el viaje no habíamos visto nieve) y me asombre todavía más cuando, al llegar a nuestro destino, vi que más de un palmo de nieve cubría por entero nuestras zapatillas de deporte.  Subimos  la montaña nevada con ropa de calle,  pero el frio y los nervios (ese día me tocaba a mí recitar), valieron la pena.  En la cumbre vimos un hermoso lago de aguas negras rodeado de nieve. Allí,  según nos contaron, tuvo lugar la horripilante historia de la familia de Alvar González. Y  allí un amigo y yo, recitamos fragmentos del ese largo romance en que  Antonio Machado resume esa trágica historia. Aunque  con manos temblorosas -por el frío y por esos nervios que siempre aparecen al hablar en público, creo que recitamos bastante bien.



Cuando bajamos al autobús,  ni el frío ni el cansancio acumulado nos impidieron correr, saltar,  jugar  con la  nieve blanca o disfrutar, junto a buenos amigos,  de ese paisaje tan maravilloso.

GERARD VIDAL

He seleccionado un día y un momento que, para mí fueron los más enriquecedores y mejores.


El momento fue la entrevista que le hicimos a Teresa y a Ricardo, mujer y hermano del escritor Avelino Hernández.  Oriol, mi compañero, y yo estábamos nerviosos, pero a la vez convencidos de que haríamos un buen trabajo. El tiempo transcurría, y cada vez estábamos mas satisfechos del resultado Nos sentíamos muy cómodos y, creo, que los  y entrevistados también. Fue una experiencia muy gratificante y el resultado es buena prueba de ello. Ya de entrada la idea nos gustó mucho y le pusimos ganas y mucho esfuerzo.

Ahora voy a a explicar el último día del viaje: un viernes, 20 de Abril del 2012. Aquella mañana nos levantamos temprano, ya que teníamos que dejar la maleta en el autocar y desayunar rápidamente. El clima era bueno. Lucía un sol espléndido, lo que era de agradecer, pues queríamos  gozar al máximo de la excursión. Subimos al autocar, dirección hacia la Laguna Negra. Aproveché el trayecto para dormir, ya que eran muchas las experiencias vividas en aquel viaje y la fatiga castigaba duramente mi cuerpo. Cuando me desperté me llevé una grata sorpresa: todo estaba nevado. Subimos la dura cuesta con mucha ilusión. Era un recorrido de aproximadamente  dos kilómetros. Al llegar, sentí una intensa sensación de libertad y felicidad: veía una laguna de aguas negras,  rodeada de montañas cubiertas de nieve. Naturaleza pura. Ya no importaba ni el frío ni el cansancio. Sin duda había valido la pena. Obviamente la bajada fue más placida y rápida, por lo que  algunos compañeros aprovecharon para jugar con la nieve y distraerse.

Fuimos a comer a un pueblo pequeño, pero bonito: Vinuesa. Comimos bien y  recuperamos las fuerzas para el duro trayecto de vuelta hasta Vilafranca.
Pol Bravos


El color de una rosa acabada de cortar


Impaciente, emprendí junto a mis compañeros , el viaje hacia Soria. Después de seis largas horas, durmiendo, haciendo bromas, escuchando música, tocando  la guitarra y sobre todo disfrutando de ese paisaje que poco a poco iba transformándose,  llegamos a Medinaceli, un  pueblo extraordinario, donde abundan las casas medievales. Hacía mucho viento y eso nos llevó a cobijarnos en un pequeño bar, donde nos contaron muchas curiosidades y algún pequeño secreto del pueblo.
Por la tarde, en Soria, fuimos al  Casino de la Amistad. Al entrar en aquella sala, supe que lo que íbamos a vivir allí sería uno de los instantes más mágicos del  viaje. Aquella sala era  del color de una rosa acabada de cortar, y unos hermosos vestidos y el latido de un reloj de pared,  daban vida a aquel lugar. Todo empezó con una magnifica tertulia literaria sobre la novela Mientras cenan con nosotros los amigos  de Avelino Hernández,  seguida de  un breve recital de poemas de Machado,  pero  lo mejor no había llegado todavía. 
Casino de la Amistad
El primer momento maravilloso  irrumpió cuando  Martí Roig, Martí Parellada,  Oriol Celis  y Albert Millàn, cantaron, acompañados de la melodía de una guitarra,  dos poemas de Antonio Machado, “Retrato” y “Cantares”. Cuando Martí Parellada hizo un solo con la voz desnuda, nos quedamos todos  mudos de emoción,  lo único que se escuchaba era su voz, la guitarra y el corazón del reloj.   Cuando pienso en ese momento y  recuerdo  las sonrisas  en el rostro de mis cuatro amigos,  todavía se me pone la piel de gallina. Después disfrutamos  de la danza de tres compañeras,  acompañada por las delicadas sinfonías  que brotaban de aquel maravilloso y gran piano que tocaba Gemma.

Después fuimos hacia el albergue, donde nos esperaba la cena y esas camas en las que ya deseaba tumbarme. Estaba agotado y mañana nos  esperaba un día larguísimo lleno de actividades y de muchas cosas que aprender.
Bernat Almirall

Como una tela parcheada

           Estoy sentada en el autobús y mis ojos ya aprecian un maravilloso paisaje verde, montes repletos de árboles y un espectacular cielo azul, sólo perturbado por grandes molinos blancos. Pero todavía todo está por llegar. No  podia imaginar lo que me esperaba en el viaje.

Cuando Soria, nuestro destino, se iba acercando, el paisaje se volvía algo más llano y el campo parecía una tela parcheada: una amarilla mancha sembrada quizá de trigo; un campo de color verde intenso; otro pardo, todavía por sembrar...  Ya a escasos kilómetros de la ciudad,  nos recibía una tierra que me llamó especialmente la atención, era una tierra de color rojizo, solitariay despoblada, pero de gran belleza.


El martes nos asomamos al mirador de los Cuatro vientos. El paisaje que se veía desde allí me impresionó mucho, no podía dejar de mirarlo: un estallido de colores parecía  teñirlo todo. El color rojizo de la tierra, el marrón claro del puente, el marrón oscuro de los arboles cercanos todavía sin hojas, el verde oscuro de los arboles lejanos, el verde claro de la hierba, el azul grisáceo del cielo, el azul turbio del Duero. El paisaje me tenía tan absorta que tardé mucho en ver espectacular estatua con la silueta de Machado y Leonor.

Desde lo alto del torreón de Noviercas volvía a aparecer ante mí la tierra parcheada, más hermosa aún si cabe desde la altura. Desde allí podía apreciar el Moncayo, tal y como Antonio Machado lo describía: azul y blanco. Allí recordé el poema A José María Palacio en el que  Machado  le dirigía una sucesión de preguntas  a su amigo y que ahora, me gustaba corroborar: todavía las acacias estaban desnudas y nevados los montes de las sierras, en los campanarios ya habían llegado las cigüeñas, vi  trigales verdes y también mulas pardas en las sementeras. Y en una tarde azul como la del poema, yo también subí al Espino.

El viaje llegaba a su final. La última parada era la Laguna Negra. Había sido una semana llena de momentos fantásticos, el cansancio podía conmigo y mis ojos estaban cerrados. Cuando los abrí, ante mis pupilas se extendía un hermoso paisaje blanco, nevado. Los altos arboles que nos rodeaban estaban cubiertos de nieve y se podía escuchar el murmullo del agua de los riachuelos que  formaba la nieve  al derretirse. Era un momento de fabulosos contrastes: la laguna de agua oscura, casi negra, y el color blanco de la nieve. Las caras adormiladas por el cansancio, y nuestros ojos despiertos para captar todos los detalles de ese momento mágico.

Este viaje ha hecho que entienda el amor que Antonio Machado tenia por Soria y  sus paisajes. Esos paisajes que quedarán grabados para siempre en mi retina y los versos de Machado en mi memoria.
Lorena del Amor

miércoles, 6 de junio de 2012

En un mundo paralelo


Todo el viaje a Soria fue muy especial para mí. Era mi primer viaje con este instituto y había mucha  gente a la que no conocía. Gracias a este viaje  he podido conocer a nuevos compañeros  y descubrir que había grandes personas entre ellos. También he podido asomarme un poco más al interior de mis compañeros de clase. Todo eso ha sido genial.
Un día muy importante para mí fue el jueves, cuando  Ricardo nos enseñó  Valdegeña, el pueblo donde vive y donde se crío junto a su querido y difunto hermano, el escritor Avelino Hernández. 
Nada más  bajar del autobús, sentí una sensación de tranquilidad enorme: estaba en contacto con la naturaleza,  alejado de las aglomeraciones,  del tráfico, de las carreteras, de las ruidosas calles... Aquel era un paraje natural de aire puro y fresco, sin más ruidos que el de los pájaros cantando cuando nos veían  pasar. Descubrimos un pueblo que no estábamos acostumbrados a ver: una vieja fragua,  casas de piedra, empinadas calles... Nada comparable a lo que nos ofrece la gran ciudad. En algún momento, pensé que estaba en un mundo paralelo, un mundo tranquilo, silencioso y feliz. 
Me sorprendieron mucho las leyendas que nos contó Ricardo en la iglesia románica,  una iglesia que parecía que tuviera algo escondido algo dentro, nada malo, sino algo mágico, como  todo el pueblo. Cada casa tenía su encanto, siempre había algo que te sorprendía o te dejaba como intrigado.
Valdegeña me recordaba mucho al pueblo de mis abuelos de Asturias, un pueblo que tiene sólo 7 habitantes: naturaleza por todas partes, y calles asfaltadas no para el uso de coches, sino para los carros de caballos y ganado. Tal vez por eso no me sorprendió demasiado  la forma de ser de Ricardo, su peculiar y siempre significativa forma de hablar.
En conclusión, fue un viaje muy provechoso, ya que conocimos a mucha gente fantástica y experimentamos una forma mucho más apasionante de aprender. Sólo me queda una cosa por decir: muchas gracias por este viaje.
Lluis Piero Arias Arnabat