Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...

miércoles, 25 de abril de 2012

Efímeros instantes de ilusión


Es difícil escoger un único momento de Soria que me haya dejado huella, por lo que voy a escribir de tres momentos que me aportaron mucho, aunque  todos los días estaban llenos de vivencias impactantes y no acabaría nunca.

Es el primer día y estamos en el Casino del la Amistad de Soria.  En un tramo de la tertulia sobre Mientras cenan con nosotros los amigos  escuché de los labios de Pepe Sanz, la voz, que Avelino Hernández “llenaba la vida de vida”. Alguien a quien se le otorga ese don, el don de dar vida a la vida, debe ser alguien con mucha fuerza, con mucha ilusión. Lo que me lleva a pensar que Avelino no sólo sabía cómo vivir, sino que también sabía cómo hacer que vivieran los demás, que su literatura es una invitación no a  vivir por vivir, sino a vivir sintiéndonos vivos. En la tertulia se notó que todos los participantes apreciaron mucho a Avelino, aunque cada uno lo expresaba a su manera (Pepe con el temblor de su voz, Teresa simplemente estando allí, César con las mil y una palabras que sentía que debía decir, y Ricardo con sus gestos y su sonrisa melancólica, que tanto nos han dicho estos días).

Otro momento (por así decirlo) que me hizo respirar y  sentir muy intensamente las tierras que visitábamos ocurrió en  Valdegeña, el pequeño pueblo de Ricardo donde Avelino se había criado y crecido. El pueblo, como Medinaceli, estaba vacío, pero era muy diferente. Cuando estuvimos en Medinaceli, a pesar del sol, de las hermosas casas medievales y renacentistas,  de la paz del lugar, me sentí como en un espacio muerto. En Valdegeña no. En Valdegeña se notaba que todos los que habían pasado por allí se habían enamorado del lugar (me incluyo). Los paisajes que rodean Valdegeña son, simplemente, indescriptibles. Y, cómo no, está Ricardo, que tiene 78 años, pero conserva la ilusión de un niño de cinco. Cuando habla, transmite siempre lo esencial de lo que quiere decir: Ricardo habla con el corazón y se le nota. Nos hizo de guía por su pueblo, descubriéndonos historias fantásticas y rincones mágicos:  la vieja escuela, la iglesia románica, el cementerio, el nuevo proyecto de la casa rural, la casa familiar... Todo mantenido e impulsado por él, y nos lo explicaba pacientemente,  muy contento de que le escucháramos, intentando compartir con nosotros todo lo que sabía. Sólo cuando subimos al autocar para marcharnos, comprendí de verdad la frase que nos había recibido al entrar: Valdegeña también es mi pueblo. 
La Laguna negra · Foto de Joana Sadurní
El tercer momento es del último día: la excursión a la Laguna negra. Dentro del autobús iba mirando el paisaje y veía cómo cambiaba. Íbamos subiendo cada vez más, y cada vez había más y más nieve. Pensé que  los conductores  nos querían gastar una broma llevándonos hasta  allí (pues los dos tenían un sentido del humor muy peculiar), pero que al cabo de poco volverían atrás y nos dejarían donde en realidad teníamos que bajar. Pero no, seguimos subiendo... Alguien, mirando el otro autobús, dijo que Olga se levantaba y se ponía el abrigo. Entonces lo comprendimos y empezaron las quejas: los que no íbamos bien calzados, la gente que acababa de despertarse y se encontraba de repente en medio de la nieve, los que no querían bajar, los que no se lo creían... Pero valió la pena.  Al llegar a la Laguna  nos quedamos todos unos instantes quietos,  como si necesitáramos recuperar el aliento, pero lo que hacíamos era asimilar el paisaje encantado que teníamos delante. Poco a poco,  hay tanto que ver allí que es imposible captarlo todo de golpe. Aunque debíamos concentrarnos en saber por dónde pisábamos y no resbalar, realmente  el paisaje que más me impresionó y marcó fue el de la Laguna negra: es como si entraras en un mundo aislado, en un espacio mágico.                 

En fin, repetiría de nuevo todo el viaje, incluyendo la nieve, el granizo, el frío y el viento.

JOANA SADURNÍ

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