Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...

jueves, 31 de enero de 2013

Viatge curs 2012/13

Ens apropem a les dates previstes per al viatge i comencem a treballar en aquest bloc. Aquest curs, el viatge cultural a Sòria es realitzarà del 18 al 21 de març de 2013.

jueves, 21 de junio de 2012

Jueves, 19 de abril de 2012


Hoy, jueves 19 de abril del 2012, me he despertado en Soria. Estamos alojados en el camping-albergue Entrerrobles, un lugar sencillo pero acogedor.  Bernadette, Irene y yo estamos alojadas en el hostal. La habitación no es muy grande, pero para las tres está bien. Al entrar a la habitación a mano derecha está el baño y todo recto, a tres metros, la cama de Irene, junto a una mesita de noche que la separa de la litera donde dormimos Bernadette y yo. Tres maderas sirven para colgar la ropa.
Son  las 9:30. Hoy los profesores no han dejado dormir un poco más. He mirado por la ventana, llovía. Nos hemos vestido y  hemos ido a desayunar. El comedor no es muy grande, pero cabemos todos y, lo más importante,  se come bien.
Hemos ido a Valdegeña, un pueblo pequeño de 7 habitantes.  Allí nos esperaba Ricardo, el hermano de Avelino Hernández, el autor de Mientras cenan con nosotros los amigos, la novela que hemos leído recientemente.  Ricardo es una persona maravillosa: humilde, gentil, natural, agradable, generosa... Nos abrió las puertas de su casa, una casa curiosa y, como todo allí, acogedora, una casa antigua pero bonita y bien cuidada. Ricardo, es una persona que se interesa por conservar los valores de siempre que valen la pena. Tuvo bonitos detalles con  nosotros, como por ejemplo explicarnos, siempre con una sonrisa en la cara,  cosas de su vida y de su familia, cosas privadas que no tenía porque explicarlas. Algunas actividades de Ricardo me  llamaron mucho la atención: ha luchado por poner una casa rural en el pueblo, ha abierto  un museo, donde, como nos explicaba con cariño, muchas cosas de las cosas que se exponen han sido hechas o recuperadas por él.
Valdegeña es un pueblo pequeño pero precioso. Nada más llegar, en la pared de una casa resaltaba una gran frase que decía: "Valdegeña también es mi pueblo", debajo de esta frase había teselas donde la gente firmaba, como recuerdo a su paso por allí. Pero lo que más me ha gustado del pueblo es la parte de arriba donde se encuentra una pequeña iglesia, una iglesia muy pequeña y recogida, desde  mi punto de vista, preciosa. A Ricardo esta iglesia  le trae muchos recuerdos de su infancia.
Moncayo
La iglesia está situada en lo más alto del pueblo, donde se encuentra el mirador. Desde allí se observa  un paisaje precioso del Moncayo, una montaña a la que Machado hace mucha referencia en sus poemas.  Ahora entiendo la admiración de Antonio Machado por el paisaje soriano: seguro que le transmitía tanta serenidad como a mí me ha transmitido. El paisaje de Soria es una maravilla, no sé si es porque esos campos tan vivos y tan verdes son diferentes a lo que veo normalmente, pero a mí el paisaje de estas tierras me ha fascinado: las vistas desde el mirador, lo que veo por la ventanilla del autobús, el increíble paisaje de Río Lobos,  el paseo por el rio Duero... Tal vez sea porque aquí todo es mucho más natural y el campo no está tan machacado como cerca de Barcelona.   
Después hemos ido todos a comer al Hostal Mary, que estaba en Matalebreras, un pueblo cercano. La comida ha estado muy bien. ¡Daba gusto vernos a todos juntos comiendo!
Por la tarde hemos ido a visitar el pozo Román, pues unas compañeras iban a representar allí "La leyenda de los ojos verdes" de Bécquer. El paisaje de Soria me sorprendía otra vez: esa pequeña laguna escondida en el bosque me ha dejado sin palabras. Me dio mucha pena que se pusiera a llover y que nos tuviéramos que ir rápidamente de allí.
Luego hemos ido a Noviercas, el pueblo donde vivió Bécquer  una casa hoy en día en ruinas. Me parece una lástima que la casa de los padres de Casta Esteban, la mujer de Bécquer, esté en ese deplorable estado. La historia de Bécquer y Casta me ha parecido muy interesante y curiosa. Imaginártelo, mientras te lo cuentan,  es como sumergirte en otro mundo. Al parecer Casta tuvo un romance con un bandolero, conocido por los sobrenombres de HiIarión o el Rubio, y de esa relación nació su tercer hijo. Bécquer y Casta se separaron entonces, pero Bécquer reconoció a ese niño como propio y  siguió mandando dinero para Casta y para el niño.  Cuando muere su hermano Valeriano, Bécquer regresa con su familia, pero cuatro meses después también muere. Cuando Casta quedó en una situación económica muy precaria y cuando consiguió rehacer su vida casándose de nuevo, Hilarión, el Rubio, mató a su segundo esposo. Según cuenta una leyenda, el Rubio murió en un tiroteo que siguió a un espectacular robo (encerraron a todos los vecinos en la iglesia) que tuvo lugar en Beratón, el pueblo más alto de Soria. 
En Noviercas también hemos visitado un torreón árabe donde -como nos ha explicado Montse, nuestra guía allí- se refugiaba la gente cuando eran el pueblo era atacado por los enemigos cristianos.  En esta misma torre nuestras compañeras han escenificado, y muy bien, la “Leyenda de los ojos verdes”. Desde la azotea del torreón el paisaje era increíble. Ha sido una sensación maravillosa poder visualizar esa panorámica única de los campos de Castilla.
Luego  fuimos a la tienda de Montse, donde mucha gente compró embutido soriano para llevárselo a casa. Yo personalmente no, pues,  como mi madre es carnicera, he pensado que si le llevo un chorizo de regalo, me mata.
Tras cenar en el hostal de Valdeavellano, estoy en la habitación escribiendo este diario. Ahora bajaremos a la pequeña fiesta de despedida que se ha organizado ¡Seguro que nos lo pasamos bien!
Raquel Pacheco

miércoles, 20 de junio de 2012

Sensaciones


El viaje a Soria ha sido un viaje de trabajo con muchas experiencias y sensaciones, hablar sólo de una, sería una injusticia. El primer día, cuando llegamos al Casino de la Amistad agotados por el viaje, muchos pensamos que lo mas agradable sería ir al albergue a descansar,  pero una vez que empezó la tertulia con gente muy cercana al escritor Avelino Hernández, te dabas cuenta de que merecía la pena estar allí, con aquellas personas que sentían un gran cariño porel escritor soriano. César y Pepe hablaban sin ningún tapujo de Avelino, al igual que Teresa, ella con el plus añadido de que,  siendo la viuda, algunas de nuestras preguntas podían incomodarla, pero siempre nos contestó con gran sinceridad. Mientras, Ricardo, el hermano de Avelino, escuchaba atentamente.
El jueves vivimos lo que para mí fue la segunda gran experiencia del viaje: la excursión a Valdegeña, el pueblo casi vacío donde Ricardo y Avelino habían vivido de  niños. Ricardo siente un gran cariño por su pueblo, como demostraba en cada una de sus palabras. Sin duda Ricardo es la persona del viaje que mejor impresión me ha causado. Es  un hombre de pueblo y de pocas palabras, pero cada vez que hablaba,  se desnudaba ante nosotros,  un gran grupo de adolescentes a los que no había visto nunca. A medida que pasaba la mañana y escuchabas a Ricardo, en ese  pueblo vacío de gente pero lleno de sentimientos, tenías más y más ganas de apreciar los espectaculares paisajes que se veían, sobre todo desde el mirador de la iglesia. Sin duda, lo que está haciendo Ricardo para mantener viva la historia del pueblo es digno de contar y admirar.
La tercera experiencia que más me agradó fue la subida a la Laguna Negra. Cansado de la noche anterior, me dormí en el bus, pero cuando me desperté y  corrí la cortina de la ventana, me encontré con una sorpresa inesperada: la nieve. Al bajar del bus pensé que no sería tan duro el camino y, en verdad, no lo fue ya que al subir acompañado de los compañeros y tirándonos bolas de nieve, el tiempo pasó bastante rápido. Al llegar a la cima y ver lo que uno puede ver allí, te das cuenta de que subir 1700 metros no es nada y más cuando tienes la oportunidad de compartirlo con gente a la que aprecias, algunos más y a algunos menos. La bajada fue más divertida por los resbalones, pero también mas fría ya que sentías como el agua ya estaba en tus pies y los congelaba. Sin embargo, gracias a los conductores, que nos abrieron el maletero y no hicieron más ameno el viaje con su música y buen humor,  pudimos cambiarnos los calcetines y las bambas.
La vuelta a casa fue muy tranquila. Y la sensación que uno tiene cuando le preguntan que tal  ha ido el viaje y no sabes por dónde empezar a contar,  es muy buena. Yo recomendaría volver otra vez ir allí.
Álex Sánchez

De la vida, lo esencial


Acariciaba el pomo de la puerta con tanta  inocencia que ni por un momento pensé que algo así fuera a suceder. Abrí la puerta de madera, dejando que el suave y frío aliento del viento me rozase las mejillas, cuando el sol, escondido durante horas tras las nubes, salió para regalarme un  bello parajes. Sé que no es el paisaje más bonito que he visto en mi vida, es difícil escoger uno, pero ese lugar tenía algo de magia que me cautivó y me dejó ausente durante unos segundos. No solo ausente de los malos pensamientos, sino de cualquier pensamiento.
De pronto, unas risas llenas de vida me obligaron a volver al tiempo y espacio real. En un acto reflejo, me giré y al ver la pequeña ermita románica me tranquilicé. Aún estaba en Valdegueña, ese  pueblo minúsculo de cuyas piedras me enamoré. Tardé solo un instante en darme cuenta de que tenía que sacarle una foto al paisaje que descansaba, contagiando tranquilidad, ante mis ojos.  Al llegar a casa, quería enseñárselo a mi madre. Esto es lo que verías cada día al despertar. Supe que ese paisaje, ese cuadro, estaba hecho a la medida de mi madre, que le encantaría. Saqué la foto y  aún con la cámara en la mano, recorrí las calles de ese pueblo ya tan familiar en busca de las risas conocidas.
Cada una de las casas de Valdegeña me recordaba a mi padre. Me lo imaginaba paseando por aquellas calles  de piedras uniformes. Cada piedra era testigo de una historia, de esas historias  antiguas que siempre han fascinado a mi padre. Cada vez que tiene ocasión de contarme alguna de esas historias no duda en hacerlo.
No pude evitar que una sonrisa se dibujase mi rostro. El viento de aquella mañana me traía la calma, el bienestar, la sencillez y la naturalidad del pueblo y su gente. Pensé en la gran suerte que tenían las personas que vivían allí y cada día paseaban por las mismas calles en que me encontraba yo..., y me supo mal que esa villa fuera ahora un lugar tan solitario.  De pronto, vi un grupo de gente, mi gente, mis amigos. Me acerqué, y contemplé los rostros de mis compañeros; la mayoría estaban felices, despiertos, sonriendo, riendo, intercambiándose miradas de complicidad..., Algunos estaban completamente seducidos por la explicación de Ricardo, y otros, cansados y con sueño, reflexionaban sobre sus cosas mientras intentaban luchar contra los párpados que querían cerrarse. Sin embargo, todos tenían un aire dulce, a todos les gustaba estar allí, viviendo ese momento. Era fácil sentirse a gusto en el grupo, esos días pasados juntos en Soria nos sirvieron para muchas cosas, una de ellas, hacer más fuertes los lazos que nos unían como  estudiantes, amigos, personas..., sin diferencias.
Y yo me preguntaba: ¿Cómo no se puede querer a un pueblo que te recuerda a tu familia y en el que puedes disfrutar con tus amigos?
Gisela Guitart Font

lunes, 18 de junio de 2012

Caminando


El viaje a Soria  me ha dado sin duda muchos momentos de reflexión, placer, complicidad, felicidad, soledad... y también ha despertado mi curiosidad hacia universos y vidas diferentes.

Evadirme de lo rutinario es algo que hago con frecuencia y, en tierras de Soria, la tranquilidad y la calma se adentraron en mi cuerpo como por arte de magia. Los paisajes sublimes, el cielo, el viento, la gente sonriente, los humildes pueblos... Mi imágenes que se iban quedando grabadas en mi mente.

Aunque hubo muchos instantes en los que me trasladé a otra atmósfera y me sentí en perfecta armonía con lo que me rodeaba, fue en el paseo machadiano, junto al Río Duero, donde mejor me sentí:  paseaba con serenidad, intentando adentrarme por unos segundos en la piel de Machado,  que hacía cada tarde este mismo paseo. Trataba averiguar cuáles eran sus emociones, sus inquietudes, cuál creía él que era el sentido del mundo.  En momentos así no necesito nada más que un camino por donde seguir andando y  “hacer camino al andar”.
                                                                                                   Blanca Llach Amigó

Una lección de vida


Un jueves lluvioso y soleado a la vez fuimos a Valdegeña, pueblo de nadie y de todos. En la entrada, en unas teselas. se lee “Valdegeña también es mi pueblo”. Es verdad: Valdegeña consigue ser una parte de nosotros y que nosotros seamos una parte de él. 
Fuimos al antiguo colegio, al pequeño pero acogedor albergue, a la iglesia, al cementerio…  Son lugares que están en cualquier pueblo, pero que en Valdegeña, adquieren un aire especial. Todo es cercano allí y tienes siempre la sensación de que las puertas de todas las casas están abiertas.
Mientras visitábamos esos lugares, observé atentamente a Ricardo, un hombre de 79 años, vital, generoso, humilde. Ricardo nos enseño el pueblo, su pueblo.  Mientras caminábamos por las calles, él nos contaba historias de Valdegeña, su vida, la vida de los que vivieron allí.  Todo, con una chispa de ilusión en los ojos, que solo personas como él tienen. 

En Valdegeña comprendí la vida de Ricardo, comprendí que la vida es más que existir, que la vida es luchar por lo que uno quiere, tener metas, sueños... 
Ricardo restaura el pueblo para que no se marchite, para que reviva y perdure en el tiempo. Como los recuerdos que tiene en las paredes de su casa: un laúd, una guitarra, herramientas del campo, imágenes de los suyos (de sus padres, de Avelino, el hermano escritor), un jarrón de madera hecho por él, baúles de trocitos de distintas maderas, boinas, cojines bordados, una cruz… Recuerdos en los que perdura una larga historia detrás, pero que al mismo tiempo forman parte de la vida sencilla que ha vivido Ricardo. Una vida que aunque sencilla no deja de ser admirable, una vida llena de historia, de ilusión...
Cuando estábamos en el cementerio, Ricardo nos dijo que querían que le incineraran porque no quería un ataúd abandonado, tenía miedo de que nadie se acordara de enterrarlo y de que los pocos familiares que le quedaban, tuvieran que estar obligados a recordarle. Creía que pronto nadie se acordarí de él. Quiero decirle, que yo sí que le recordaré, porque me parece admirable que consiga hacer de un pueblo desconocido la casa del viajero que llega.  Gracias Ricardo, por hacerme pasear por esas mágicas calles y por la gran lección de vida que me enseñaste.
Marta Peinado