Antonio Machado, El Cantar de Mio Cid, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego, Avelino Hernández, Mercedes Álvarez ...

lunes, 4 de abril de 2011

Meditando sobre el paisaje

Meditando sobre el paisaje

En cuanto la vi, despertó mi curiosidad. Íbamos hacia Medinaceli y recién descubría desde el autobús el paisaje de Soria. Era una imagen sencilla, sin nada relevante ni de importancia, que seguramente pasó desapercibida para los demás. En medio de los verdes y cenicientos prados, en medio de la nada, las ruinas de una casa de piedra que apenas se aguantaba.

Eran sólo los restos de una vieja casa, pero los percibí llenos de recuerdos, llenos de secretos. Eran lo que quedaba de lo que un día fue vida y ahora era sólo un vestigio, un símbolo del paso del tiempo, del paso al olvido. Solo tuve un momento para contemplar aquellos restos de los que pronto ya no quedaría nada, pero todavía ahora aquella antítesis me sobrecoge: piedras olvidadas que han visto demasiadas cosas y campos verdes llenos de vida a los que aún les queda mucho por ver. La muerte y el olvido contrapuestos a la vida.

Me pregunto lo que algún día ocultaron aquellos muros fríos y ya sin vida. ¿De qué fueron testigos? ¿A quiénes protegieron en su interior? ¿a quién vieron crecer y madurar? ¿a quiénes resguardaron del frío, de la lluvia y de la nieve? ¿Por qué un día dejaron allí a la vieja casa, abandonada en medio de todo y en medio de nada?

Pienso en que hoy a la vieja casa de piedra pocas cosas le quedan por hacer: recordar los viejos tiempos, ver pasar a los coches por la carretera, imaginar, tal vez, quiénes son y a dónde van los viajeros, si son felices, si son de por allí.., y sobre todo esperar... A la vieja y ruinosa casa de piedra le queda sobre todo esperar: esperar a derrumbarse, esperar a que la reconstruyan, esperar a que alguien se refugie otra vez en su interior, esperar y soñar...

Ornella Meza

miércoles, 30 de marzo de 2011

Tras las huellas de Machado

Tras las huellas de Machado

Sigo las huellas del camino que Antonio Machado ha dejado en su paso por Soria. El primer lugar donde me llevan es a un mirador, un precioso mirador desde el cual se ve un paisaje árido y frío: el mirador de los Cuatro vientos. De este mirador me llama la atención una estatua, una estatua que representa la silueta de dos personas, la silueta de Machado y de su querida Leonor. El aire que allí se respira desprende una conmovida mezcla de olores, que evoca tristeza por la llegada de la muerte, esperanza por la aparición de un milagro, pero sobre todo felicidad, por tantos buenos momentos compartidos. Será por eso que el mirador transmite tanta tranquilidad y armonía.

Siguiendo de nuevo las huellas de Antonio Machado, llego a un bello camino, en que la vegetación está cubierta por una leve capa blanca. Este camino recorre la orilla del río Duero, entre San Polo y San Saturio. También este camino contagia una extraña paz: el murmullo del río te invita a evadirte del mundo exterior y a adentrarte en tu propio mundo.

Al empezar a caminar y a respirar, la primera imagen que me viene a la cabeza es la de un Machado solitario, también caminando siguiendo el cauce del río Duero y pensando y pensando. Al finalizar el camino me detengo en una ermita, construida en las rocas, desde la cual se puede ver toda la senda desde el principio al fin: San Saturio.

Siguiendo las huellas de Antonio Machado, hemos llegado finalmente a un lugar triste, oscuro y silencioso. De nuevo ese lugar desprende un olor, un olor un tanto extraño, una mezcla de flores marchitas y pequeñas dosis de agua salada. Al entrar nos encontramos con una puerta de hierro, vieja y oxidada. Las huellas de Machado nos llevan a una lápida, una lápida de mármol blanco en la que está inscrito únicamente: “Leonor Izquierdo Cuevas. De Antonio”. Estoy en el Cementerio del Espino.

A partir de este momento las huellas machadianas empiezan a borrarse y el corto camino que resta empieza a estar borroso, podría decir que es casi inexistente.

Noelia Rull Bravo

jueves, 17 de marzo de 2011

Entre San Polo y San Saturio

Miércoles, 2 de marzo: Entre San Polo y San Saturio.

Notaba la brisa fría cerca del Duero y me di cuenta de que los álamos me robaban los ojos, aquellos álamos llenos de “iniciales y cifras” de enamorados, escritas con ilusión y pasión... Pronto me sentí aludida: sentía un desenfrenado deseo de ser también yo dueña de aquellos árboles y protagonista de aquel momento.

Mientras respiraba ese aire encantado que hay entre San Polo y San Saturio, y me imaginaba los paseos solitarios de Machado, decidía en qué álamo quería dejar mi marca. Tenía que ser alto, alegre, de color plomizo y reservarme un espacio entre todos aquellos enamorados que alguna vez habían sentido lo que yo sentía en aquel instante. Percibía que aquellos bellos álamos atraían todas las miradas del paseo. Un camino largo, reflexivo y lleno de esperanza que se trazaba paralelo al Duero. Sabía que había enigmáticas leyendas escondidas en las colinas y montes, y eso aún hacía más sugerente aquel paisaje seco y frío de Soria, una ciudad donde aún perdura la historia de amor entre Antonio Machado y Leonor.

Y entonces lo vi: era un árbol especial. Aquel álamo era el ideal para escribir la cifra que tanto marcó mi destino. Me acerqué a él con cuidado, estaba un poco desviado del camino. Me sentía afortunada, tenía mis razones para serlo, y empecé a dibujar aquellas fechas en qué comenzó el amor. Cogí una piedra que estaba debajo de su tronco y sin querer hacerle daño, escribí una cifra más, pero esa vez era la nuestra. Nuestra fecha y nuestras iniciales resaltaban verdes en la corteza polvorienta del álamo.

Con ternura observé por última vez ese lugar y, sumergida en mis pensamientos y absorta en el frío, me fui. Pero sabía que aquella marca nunca se borraría. Los vientos helados de Soria la protegerían y nunca nadie podría hacerla desaparecer. La magia de descubrir el mundo solo te alcanza si eres capaz de implicarte en los nuevos lugares que encuentras. Y eso es lo que me pasó a mí en el paseo entre San Polo y San Saturio: sentir que ese lugar que también había sido especial para otros, ahora lo era para mí.

Ana Segura Altés

El viaje de vuelta

El viaje de vuelta
Cuando me propuse a escribir esta página de diario no sabía por dónde empezar. Había muchas cosas que me parecían dignas de ser inmortalizadas, pero sólo lo he visto claro en el último momento: escribiría sobre la vuelta a casa. La primera mitad del viaje de vuelta ha tenido un tono apagado y hasta melancólico. Dejábamos atrás la hermosa vista con el Moncayo al fondo y, poco a poco, esos campos y colinas que describió Antonio Machado en Campos de Castilla, se transformaban en el familiar paisaje al que estoy acostumbrado: de la “tierra árida y fría” empezaban a salir olivos y viñas. Y esa semana en que viví apartado de todas mis preocupaciones, se iba convirtiendo otra vez en la inminente rutina de cada día. De ahí la inevitable melancolía. Los recuerdos del viaje iban aflorando poco a poco: el paseo entre san Polo y San Saturio, el aula de Antonio Machado, la tarde en la que conocimos a César Sanz... El viaje terminaba ahora y todas las experiencias que vivimos, pronto se convertirían en recuerdos.
He escogido este momento para llenar esta página, porque fue entonces cuando pude comprender el ideal romántico del viaje: un viaje sin más motivo que contemplar la belleza de la tierra que visitas. Estas últimas horas en el autobús, con mi música favorita de fondo, cansado pero sin poder dormir y sin poder parar de preguntarme si todo esto que he ganado hoy, se desvanecería mañana, y si estos sentimientos se convertirían en meros recuerdos...
La segunda parte del viaje de vuelta ha sido mucho más animada. He dejado a un lado todas estas reflexiones y he seguido el concurso que se ha organizado sobre conocimientos del viaje, disfrutando sobre todo de la ronda final en que se decidía el ganador definitivo. Tras un largo trayecto por carretera, hemos llegado a casa. El frío ya quedaba lejos y una parte de mí deseaba profundamente prolongar este viaje, porque aunque se vaya a convertir sólo en recuerdo, un recuerdo erosionado poco a poco por el tiempo, ahora es mucho más y merece ser inmortalizado en palabras.
Josep Sánchez

Jueves 3 de Marzo del 2011. Valdegeña

Jueves 3 de Marzo del 2011. Valdegeña

Son alrededor de las cuatro de la tarde. Hemos llegado a un pueblo pequeño, no muy lejano a la capital. El cielo ahora está claro, las nubes grises que lo tapaban hace unas horas, se han marchado a hacer daño en otro lugar. Bajo la mirada y quedo absorta por las calles blanquecinas: todas apuntan al cielo, todas parecen antiguas, todas despiertan una rara sensación… la sensación de un vacío que poco a poco se va llenando. Delante de mí, una de las muchas sorpresas del pueblo: “Valdegeña también es mi pueblo”, escrito con letras grandes en el primer muro que encuentras al llegar. Abajo, centenares de teselas con nombres de personas y ciudades cubren la pared. En el extremo derecho, hallo también mi nombre y mi ciudad grabados en una tesela. Al momento me siento parte de este pueblo, aunque aún me quede mucho por ver y saber de él. De repente entiendo el significado de la frase que se encuentra a unos centímetros de mi nombre.

Ascendemos por los caminos antiguos hasta llegar a la iglesia del lugar. Nos acompaña Ricardo, un hombre ya mayor. Antes Olga nos ha comentado que es hermano del escritor Avelino Hernández. Ya a simple vista parece un hombre bueno, que transmite sobre todo mucha bondad y empeño. Algunos suben a hacer sonar la campana, pero yo me quedo abajo con Ricardo y algunos compañeros más. Ricardo nos explica antiguas historias de bandoleros. Al salir de la diminuta iglesia entramos en el cementerio: la imagen de las tumbas me da escalofríos, así que salgo de ese espacio a los pocos minutos. Poco después nos dirigimos hacia la escuela: Ricardo nos explica que la ha hecho reformar y ha recuperado algunas reliquias (utensilios del campo, antiguos pupitres...) para adornar las habitaciones. Me empieza a conmover la paciencia y dedicación del viejo Ricardo: ¡Tantas horas empleadas en la conservación y la mejora de un pueblo que hace años era poco más que cuatro piedras! Sentada en uno de los pupitres escucho la lectura que algunos de mis compañeros hacen de “El monte de la ánimas” de Becquer y los monólogos de Nathaly y Ricardo, que explican cosas realmente interesantes.

Bajamos ahora por distintas calles: Ricardo nos cuenta que han creado una sala de ordenadores para los niños y que tienen el proyecto de habilitar una casa rural. Poco después, pasamos por delante de Silvestrito, una pequeña estatua que recuerda al protagonista de un libro de Avelino para niños. Dicen que si le frotas la cabeza a Silvestrito aprobarás las matemáticas (como era de esperar todo el mundo se detiene a frotarle la cabeza con entusiasmo). A unos pasos está el portal de la casa familiar de Avelino Hernández. Ricardo nos invita a pasar y a calentarnos cerca del fuego de una chimenea, decorada con vistosas conchas. En el comedor Samanta y Alexandra. ante la foto de Avelino y junto a Ricardo, leen otro maravilloso fragmento de Mientras cenan con nosotros los amigos.

Cuando nos despedimos del hermano cuarto de Avelino pienso sobre él y sus empeños. Me emociono al pensar en este amor entre hermanos y en la lucha diaria de Ricardo por conseguir que el pueblo de Avelino Hernández resista y sea reconocido.

Alba Garcia Travé

martes, 15 de marzo de 2011

Valdegeña


Mi viaje a Soria
Este viaje es el primero que hacía con el instituto. Un día antes, en casa, no podía dejar de pensar en cómo iba a ser todo, en si me iba a aburrir... Pero al llegar a las tierras de Soria todas mis dudas se desvanecieron enseguida. El paisaje me impactó: era muy hermoso. Aunque es invierno y el campo está seco, la tierra allí es verdosa, de un verde único. Me hizo pensar mucho en mi país, pues Rumania tiene unos paisajes muy parecidos.
Me resulta difícil escoger un lugar concreto, ya que los paisajes en Soria, aunque muy diferentes entre sí, son todos muy bellos. Quizás lo que más me gustó fue Valdegeña. Valdegeña es un pueblo muy pequeño, de apenas unas 7 o 8 personas, pero lo más importante de ese pueblo es el alcalde que tienen, Ricardo, el hermano cuarto de Avelino Hernández, el escritor del que habíamos leído la novela Mientras cenan los amigos.
Mi impactó mucho la historia de ese pueblo: ver como una persona tan mayor lo quiere mantener vivo. ¡Hasta ha creado una sala con ordenadores para que la gente que va a Valdegeña de vacaciones tenga la posibilidad de conectarse con el mundo!
De la visita a Valdegeña me gustó también mucho el cambio que experimentó el paisaje. Cuando llegamos, desde el camino, todo se veía verde y marrón. Cuando regresamos, el campo era blanco. Era un paisaje bellísimo que se me quedará grabado para siempre en la memoria.
Otra cosa que también me gustó mucho fue el camino entre San Polo y San Saturio. Me gustó ver el río Duero y las iniciales de enamorados que la gente ha ido dejando en los álamos. Pero los visitantes de Soria, no sólo dejan, como decía Machado, “iniciales” y “cifras” escritos en los árboles. También escriben, en cadenas que amarran al puente del río Duero, sus nombres completos.
Este viaje duró solo 4 días, pero me hubiera gustado que durara mucho más. Será que hay que repetirlo... Volver a Soria a pesar del frío que allí hace... “Frío” se convirtió en la palabra mágica del viaje: estaba siempre en boca de todo el mundo. También en la voz de Antonio Machado, que en un poema de Campos de Castilla, define a Soria como una “tierra árida y fría”. En fin, que volvería a hacer este mismo viaje miles y miles de veces.
ANTONIA ALEXANDRA SAS

viernes, 4 de marzo de 2011

DE VUELTA A CASA -INFORMACIÓN

HOY VIERNES A LAS 19:17 H. DE LA TARDE NOS ENCONTRAMOS ENTRE ZARAGOZA I LERIDA, EN UN DESCANSO.


HORA PREVISTA DE LLEGADA SOBRE LAS 20:30